Un hueco en el corazón

Un hueco en el corazón

Hoy he visitado el viejo barrio. A ratos me ha parecido muy cambiado; a ratos igual que siempre. Me he cruzado con antiguos vecinos, quince años más viejos, que no me han reconocido. He visto tiendas que han cerrado, comercios que han nacido y otros que resisten. He pulsado el timbre de un telefonillo. He comprado un bollo con chocolate. He enviado fotos a una amiga para que viera cómo están las cosas.

Me he jurado que jamás volveré a levantar el cierre metálico de algunos recuerdos. Y me he jurado también que tengo que recuperar otros, hacerlos reverdecer al sol con seguridad y paciencia de jardinero.

El barrio de mi infancia es un país extraño que visito de vez en cuando. Cada vez más ajeno, poco a poco se me olvida. Pero el hueco en el corazón sigue allí. Y no me lo explico.

Nuestra cara

A veces, cuando estábamos viendo la televisión, mi madre solía decir: “Me cae bien este hombre” o, por el contrario, “No me fío de esta persona”. Al principio yo le preguntaba por qué y ella me respondía: “Es por su cara“. Yo no daba crédito, creía que no era lógico: ¿cómo era posible emitir un juicio de alguien sólo por su cara?

Han pasado muchos años. Mamá, tenías razón. Tal como oí decir una vez a un famoso actor, a partir de cierta edad todos somos responsables de las caras que tenemos.