La oficina de milagros perdidos

Hay cosas que parecen predestinadas a perderse, y casi todas provocadas por andar con prisa: un paraguas, un boli de tinta azul, un calcetín que se despista en la colada, el resguardo de la tintorería. Pero, sobre todo, la conversación con nuestra pareja. No, no digo eso que hacemos todos delante de la tele con ella al lado a la hora de la cena. Eso no es conversar porque no está ni en la categoría de hablar. Me refiero a conversar. Y voy más allá: conversar con tu pareja de su trabajo. No hablar de su trabajo, no opinar de su trabajo. Digo conversar sobre su trabajo. ¿Y si no lo tiene? Que no tenga empleo no significa que no tenga trabajo. La vida es un trabajo. Y muchas veces mal pagado.

Eso lo estamos perdiendo.

Pero, no sé si lo sabéis, voy a abrir una oficina de milagros perdidos, en donde la voz y la capacidad de escuchar estén ahí delante, en las primeras baldas.

¿Quieres bailar conmigo este pasodoble?

Seguro que alguna vez os habéis parado a ver bien cómo dos personas mayores bailan un pasodoble. Es una de las escenas más bonitas que presencio en las fiestas de los pueblos o en alguna que otra celebración a la que nos invitan. Cuando la banda empieza con los primeros compases, se oye un ohhh grande y las parejas se juntan para bailar. Hay pocas parejas de jóvenes que lo hagan bien. Pero, de personas mayores, todas, todas lo bordan: se miran a los ojos y se dicen te quiero con la mirada, un te quiero que ha superado las embestidas de la vida y les de la tregua de la vejez. Te quiero, se dicen con los ojos y, después, juntan las caras con media sonrisa, como si quisieran agarrar ese momento, como si quisieran que durara para siempre o como si recordaran los cientos de pasodobles que han bailado juntos antes.

El otro día estuvimos en la fiesta de un pueblo de Segovia y, evidentemente, hubo tiempo para el pasodoble. Yo me senté a un lado para ver a las parejas. Entonces se me acercó mi hija mayor y me dijo:

–Papá, ¿bailas?

–Qué va, hija. Nada, nada. Yo soy muy malo en esto.

–Venga, papá, anda: baila conmigo.

Entonces le miré a los ojos y me di cuenta de que, joder, el tiempo pasa rápido, muy rápido. El tiempo vuela y es una putada como una catedral.

Me levanté y le dije:

–Claro que sí, cariño, bailamos. Pero soy muy malo en el pasodoble, ¿eh?

–No pasa nada, papá, te llevo yo si quieres.

–Ah, no; eso sí que no: en el pasodoble, hija, te llevo yo.

Y bailamos.

Os quiero mucho, verdianos.

Lo que veo por el pueblo donde vivo

  • La chica que se gana la vida paseando a los perros
  • El mensaje de una enamorada escrito en el suelo de la entrada de un garaje para que lo vea su enamorado motero
  • Un hastag en el cielo
  • Un cuatrero
  • Un diente de león lleno de deseos
  • Un puente hacia el misterio
  • Una iglesia antigua
  • Una golondrina perdida a punto de recuperar su libertad
  • Cirros
  • Gigantes y cabezudos
  • Amaneceres que se merecen aplausos
  • Casas viejas
  • Inviernos mágicos
  • Extraños arcoiris
  • Vencejos