Emily dice

Cuando Emily Dickinson murió (en 1886), Lavinia, su hermana pequeña, encontró en su habitación todos los poemarios que ella había escrito a escondidas. En realidad, como sabéis, la vida de Emily transcurrió a escondidas. No sólo me refiero a su vida física, sino también a su vida emocional. Dicen que los chicos del barrio la conocían y hablaban de ella como “la loca que nunca sale de casa”, y que sólo a veces, muy pocas veces, se dejaba ver, dentro de su jardín, vestida por completo de blanco. También dicen que estuvo enamorada de un hombre mayor y casado. Incluso se ha especulado con que era lesbiana. Coincido más con Laura Freixas: en la época victoriana, el papel de la mujer se ceñía a tres roles: el ángel custodio del hogar, la niña y la loca. Emily optó por lo último como oposición al mundo. Quizá, simplemente, experimentaba una sensibilidad y autoconsciencia que por entonces no eran comunes y no estaban bien vistas.

Pero no importa lo que digan los demás. Importa lo que dice Emily. Lo que da a entender con sus versos, con su vida, con la mirada verdadera que llega hasta nosotros a través de los siglos en una fotografía en blanco y negro. ¿La veis? Falleció con cincuenta y cinco años y sólo se conservan de ella dos fotografías. La más conocida es la que ilustra este post. Emily había cumplido dieciséis años por entonces. Tenía un rostro extraño (qué persona espiritual no lo tiene), de nariz gruesa en una cara ovalada, con una boca grande. Pero lo que más atrae es su mirada, profunda incluso con un leve defecto (ligero estrabismo exotrópico en su ojo derecho). Su mirada quiere decir tanto que prefiere contenerse.

Emily dice que importa un bledo lo que los demás piensen de ti: el sádico de tu jefe, el baboso de tu compañero, la amargada de tu vecina, tu padre castrador, tu pareja egoísta. No importa nada lo que piensen de ti. Sólo vale lo que pienses tú de ti. Sólo tú. Nada más. Incluso cuando no puedas decirlo a los cuatro vientos y debas disfrazarlo con otras palabras, con poemas, como hizo ella. Y todo lo demás no importa.

Debió ser una persona complicada pero, intuyo, buena gente.

A veces me pregunto cuántas personas como Emily conocemos o creemos conocer, sin saber, en realidad, de su pasiones y tesoros secretos. Qué ciegos somos.

Para conocerla más:

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Por favor, no me obligues a comprar tu libro

No quiero que nadie se enfade con lo que voy a decir. En los últimos tiempos me he encontrado tantas veces con cierta situación que quiero escribir sobre ello, quizá para matar el fantasma.

Mirad, yo no tengo nada en contra de las autoediciones: me autoedité mi primera novela (Los días de San Claudio) sobre todo para regalársela a mis amigos y a algunos clientes que tenía por entonces, allá en mis años de consultor. Hoy subo a Amazon.com novelas que algunas editoriales me editaron y de las que he recuperado los derechos. También subo otros textos por los que no apostó ninguna editorial (ni falta que hace).

Los pongo a la venta a un precio simbólico (antes los daba gratis). Y quien tenga interés en leerlos de verdad paga un par de euros (que no me hacen rico, puesto que buena parte se lo lleva la plataforma) y todos tan contentos.

Por lo tanto, digo, no tengo nada contra de las autoediciones. Pero sí sobre una fórmula por desgracia popular en nuestros días. Es esa que algunos llaman finamente crowdfunding aplicada a la edición. Ya sabéis de qué os hablo: un editor acepta publicar el libro de alguien sólo si éste busca mecenas (compradores) que aporten parte del costo de la edición mediante el previo pago de un ejemplar o de los que hagan falta.

De tal forma que un amigo o conocido viene y te dice: “Oye, me van a publicar mi libro”. Y tú exclamas: “¡Coño, enhorabuena, qué buena noticia!”. Y es entonces cuando tu amigo o conocido te espeta: “Sí, pero necesito mecenas. Y uno puedes ser tú. ¿Quieres colaborar? ¿Me compras un ejemplar? Fíjate, te vas a hacer uno de mis mecenas”.

Yo comprendo el papelón de los editores: no están las cosas como para hacer saltos mortales sin red. Y comprendo el papelón de los autores a los que les ofrecen esta fórmula. Pero, caramba, hay un chantaje emocional implícito: “Si no me compras el libro no me lo editan, y ya sabes cuánto he deseado tener esta oportunidad”.

Es un compromiso. Un mal rollo. Más de un conocido me ha retirado el saludo por no querer comprar su libro.

Y me estoy quedando sin conocidos.