Lobito bueno

Una vez, mientras viajaba en un vagón de metro, entró un hombre pidiendo unas monedas a cambio de una canción. Era indigente y creo (por ciertos rasgos y cicatrices en la cara que sólo pueden emerger desde el fondo del alma) que había tenido alguna relación con las drogas. No llevaba instrumento alguno y empezó a cantar a capela. Lo hacía como podía, con voz rota y evidente esfuerzo. Mucho esfuerzo.

La canción, en concreto, era un poema de José Agustín Goytisolo musicado por Paco Ibáñez: El lobito bueno. Una canción aparentemente naif, sólo aparentemente.

Me emocionó escuchar esa canción a ese hombre y en esas circunstancias.

Frente a mí había dos jóvenes sentados que se empezaron a reír del vagabundo nada más empezaron a escuchar la letra.

–¿Por qué lo hacéis? –les pregunté con la mirada–. ¿Por qué lo hacéis?

(*) He recordado lo que viví aquella tarde al ver en el muro de Facebook de Julia Cortés el poema musicado de Goytisolo por Paco Ibáñez.

¡Me rindo!

El otro día leía la web sinazucar.org. Te recomiendo que la visites si quieres comer un poco más sano. Y te recomiendo también que la visites si eres mínimamente feliz y quieres amargarte un poco el día. ¿No me crees? A los hechos me remito:

  • Un puñetero yogur de fresa (omitiré la marca): 4 terrones de azúcar
  • 4 galletas de chocolate: 8 terrones y medio
  • 1 refresco de té de los de toda la vida: 6 terrones y medio
  • 1 triste flan: 6 terrones y medio

A ver, yo ya me rindo. Comprendedme: a mis 47 años, si no haces ejercicio la barriguita es casi una obligación moral. Si no la tienes eres marciano es que no has vivido. No me puedo cuidar más.

Yo ya me di cuenta de que mi cuerpo estaba cambiando hace unos años. Un verano, en la playa, mientras corría con mis hijas por la orilla, noté (horror) que mis pectorales –antes fibrosos cual atleta heleno– subían y bajaban flácidos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Sí, amigos, ya sé que eso le pasaba a Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa. Pero es que yo no soy Pamela Anderson.

El tiempo pasa para todos. Y no sólo en el físico. Aquellos hombres y mujeres interesantes que admiraba en mis tiempos universitarios ahora son sesentones amargados que ponen a parir a los de Podemos y reclaman sus quimeras como las únicas verdaderas. Si yo voy a ser así, prefiero asumir mi humanidad desde ya mismo. Mi única Arcadia es el Vicente Calderón y mi Ítaca de este año llama Cardiff. Ya no sueño con ganar el premio Nadal y publico mis historias en Amazon (por cierto, ¿sabéis quién es El ángel de Sao Paulo?).

Ya paso tanto de todo, que ni siquiera me inmuto cuando los vecinos de al lado (que deben cenar afrodisiaco cada dos por tres) hacen gala de un ruidoso furor pasional. El otro día, martes, a las 06:30 de la mañana (repito: martes a las 06:30 de la mañana), estaban dando una serenata. Me levanté al cuarto de baño. Mi mujer se estaba lavando los dientes para ir al trabajo. Nos miramos con sonrisa condescendiente. Dijimos: “Son jóvenes”.

Hacerse mayor debe de ser esto. Con lo que hemos sido.

Bueno, son las dos de la madrugada. Me tomo un colacao y pa la cama.

Os quiero, amigos.