Nuestra cara

A veces, cuando estábamos viendo la televisión, mi madre solía decir: “Me cae bien este hombre” o, por el contrario, “No me fío de esta persona”. Al principio yo le preguntaba por qué y ella me respondía: “Es por su cara“. Yo no daba crédito, creía que no era lógico: ¿cómo era posible emitir un juicio de alguien sólo por su cara?

Han pasado muchos años y la experiencia me ha demostrado que mi madre tenía razón. Tal como oí decir una vez a un famoso actor, a partir de cierta edad todos somos responsables de las caras que tenemos.

 

Tus lugares en el mundo

Tus lugares en el mundo

Tenía que hacer tiempo, así que me metí en una conocida gran librería de varias plantas. Había libros, cedés, películas, camisetas de series, pósters y demás merchandising molón. Pero entre tanto hipster y nuevos modernos, entre tanto adolescente y jóvenes tardíos me sentí muy fuera de lugar.

Luego fui andando hasta la Plaza Mayor y me detuve frente a las tiendas de sombreros. Siempre me han llamado la atención. Hacía casi 40 grados y pasé a un bar, justo al lado de ése otro que frecuentaba de joven. Mi antiguo Instituto, el San Isidro, quedaba muy cerca. Mi Instituto es uno de esos lugares, por suerte aún anclado en mi memoria, que yo visito cuando necesito recordar cuáles eran mis objetivos vitales antes de haber cumplido los veinte años.

Posiblemente, el Instituto que viví no fue tal como lo recuerdo ahora. Posiblemente esos recuerdos son mentira. Pero ésos y no otros, esta Plaza Mayor con sus soportales y sombrererías, y estos bares donde sirven bocatas de calamares son algunos de mis lugares en el mundo.

(*) Gracias, Chema y Carmen, Carmen y Chema, por la maravillosa tarde que me brindasteis luego.

A cambio de nada

Me lo dijeron hace unos días, pero al no ver nada escrito en prensa al respecto, no he querido escribir sobre ello hasta confirmarlo por otros medios: la novelista y profesora Marta Portal ha muerto.

Marta fue mi directora de tesis. Escribía magistralmente (ganó, entre otros muchos premios, el Planeta en 1966) y era una increíble profesora. Pero, sobre todo, era una persona generosa y llena de bondad. Para mí es un misterio por qué accedió a dirigirme la tesis (nunca fui un alumno brillante y me encontraba en sus antípodas en muchos aspectos). Todavía ignoro de dónde sacó las fuerzas para animarme, una y otra vez, a que terminara la investigación (tuve que interrumpirla muchas veces por culpa del trabajo y de “una serie de catastróficas desdichas”). Si yo defendí mi tesis doctoral fue porque Marta me la dirigió y me animó. Sin ella no hubiera sido posible.

Puede decirse que Marta me cambió la vida a cambio de nada. Gracias a esa tesis y gracias a su trabajo desinteresado obtuve el grado de doctor y, muchos años después, conseguí un empleo como profesor. Marta, además, me enseñó a investigar y a escribir.

El otro día mi mujer me recordaba un momento y una circunstancia. El momento es la emoción de Marta cuando terminé de exponer mi tesis delante del tribunal. La circunstancia era su sordera, que la aisló un poco más del mundo y aceleró, quizá, un proceso degenerativo físico, mental y anímico. Porque, desde hacía un tiempo, Marta se había olvidado del mundo. Desgraciadamente, el mundo también se había olvidado de ella. Confieso que no quise ir a visitarla al lugar donde ella residió en sus últimos años por temor a que no me reconociera.

Era una dama de otro tiempo, con una forma de pensar y de actuar distinta a la mía. Pero tuve el privilegio de conocerla y de comprobar que los corazones buenos tienen un latido especial da igual su credo, su ideario político, su clase social.

Siempre me quedará la espina de que no la pude devolver todo lo que ella hizo por mí.