Las sorpresas que nos dan otros

Él era un auténtico cretino. Al principio lo sospeché por su forma de sentarse, de apoyar la palma de la mano en la mejilla, como si fuera un intelectual prestigioso posando para fotógrafos imaginarios, esa superioridad cínica con la que nos miraba al público que estábamos en la sala. Luego, mis sospechas pasaron a ser certezas cuando el tipo abrió la boca. Además de repetir ampulosa y egocéntricamente la palabra “yo” unas cuantas veces (más de las que aconseja la educación), sus críticas hacia los profesores que se presentaban a esas oposiciones eran totalmente malintencionadas. Él, como miembro del tribunal, no sólo ponía en entredicho la capacidad de los opositores para ejercer la docencia: ponía en entredicho, además, cultura, bagaje profesional e, incluso, cualidades personales de los candidatos. Para sorpresa de la sala (y de sus propios compañeros de mesa) se atrevió a hacer algunos comentarios que rayaron la misoginia. Era, sin duda, el miembro del tribunal más duro, inflexible y mordaz que había pasado por la sala en mucho tiempo.
Nosotros estábamos ahí para acompañar y dar ánimo a nuestras amiga A., que se había presentado a esas oposiciones con el objeto de ser, de una vez por todas, profesora universitaria titular. Ni en sus peores pesadillas podía imaginar que iba a encontrarse con semejante pieza. Nuestra amiga aprobó las oposiciones holgada de votos, aunque con un par de ellos en contra en la primera prueba. Todos dedujimos al instante que él, y no otro, había votado en contra de A. No había duda.
Pasaron los días y, en mi casa, una tarde, volví a acordarme del miembro del tribunal que le tocó a mi amiga en suerte. Recordé que en una de sus alocuciones se citó a sí mismo y mencionó su blog (”… esto, señores, tal como he explicado muchas veces en mi blog…”) como si fuera un medio de información de indispensable lectura.
Curioso, encendí el ordenador. Busqué su nombre en Google. Allí estaba su bitácora. Entré en ella. A primera vista: normal, muy normalita, con una estética casi pueril, prediseñada, sin dejar espacios a la creatividad. Malos augurios. Sin embargo, leí un párrafo. Luego otro, y otro. Dios mío, ese tipo era un genio, un puñetero genio, lleno, sorprendentemente, de sensibilidad y capacidad para fijarse en los detalles más pequeños de un asunto y que, a la postre, son los más significativos. Sus palabras dejaban entrever una dilatada y profunda cultura, que él sabía manejar a su antojo, como un croupier que barajea unas cartas antes de ponerlas encima de un tapete.
De vez en cuando vuelvo a visitar el blog y leo los comentarios nuevos. Qué tipo; cómo nos engañó a todos.
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