Sobre apellidos, canciones y pasados

Hubo un tiempo (que duró años) en el que no me gustaban mis apellidos. Sobre todo el primero, Molina. Se lo debo a una maestra capulla que ni siquiera se merece que la cite aquí. Me trataba con desprecio llamándome por mi apellido, cuando sólo era un niño. Gracias a ella, a sus capones, tirones de pelo y diversos castigos yo no podía desayunar, pues antes de ir al colegio vomitaba todo por los nervios. No se me olvidará jamás aquel sadismo con el nos trataba a mí y a otros compañeros.
Años después, muchos años después, he redescubierto la figura de mi padre, otro Molina, otro viajero en el tiempo con mil historias en el zurrón. He redescubierto la figura paterna desde que yo también lo soy. Sé cuánto importa que alguien, superior a ti, te cuide, te guíe y te anime en los primeros años. Alguien que te guiñe un ojo y que te diga, con sonrisa pilla, que tú puedes, que debes pasar de todo lo negativo, de todo lo malo. Quizá por eso ahora siempre firmo con mis dos apellidos: estoy orgulloso de mis padres y de cómo nos sacaron adelante a cuatro hermanos con un suelo mísero de mecánico.
Últimamente, estoy encontrando por Internet canciones que tienen que ver con mis apellidos, a veces de manera literal, a veces con formas parecidas con idéntica pronunciación: Molina, Mollena, da igual. Me gusta escucharlas y recordar capítulos pasados, imaginar historias futuras y pensar que, como estamos aquí de paso, hay que hacer todo de corazón, siempre de corazón.
Papá, mamá: un beso.
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