El bucle del tiempo

Acababa de despedirse de su amigo. Media hora antes, los dos habían reído mientras recordaban anécodotas del pasado y se congratulaban de los éxitos presentes. Era verdad que el Destino había jugado con ellos muchas veces y a menudo de mala manera. Pero todo se había olvidado: al final, el Destino había sido benevolente y los dos amigos –cada uno con su familia– disfrutaban de una vida placentera.

No quiso tomar el metro, sino que se fue andando, calle Alcalá arriba, hasta la Puerta del Sol. Volvió a descubrir esa calle, con sus esquinas y balcones, con su gente apresurada, con sus olores, con el sonido de los pasos sobre las aceras. Tenía de nuevo veinte años y supo que, cuando él quisiera, volvería a tenerlos. No podía ser de otra manera.
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