Una segunda oportunidad para Harry Haller

Todavía me acuerdo de la persona que me recomendó leer El lobo estepario, hace ya muchos años. Le conocí una tarde de verano; se llamaba José Antonio y, cada día, visitaba un parque para conocer gente y tener algo de conversación. Él era también un lobo estepario, pero cuando le conocí no me di cuenta de ello, sino mucho después, cuando terminé la última página del libro y deseé con todo mi alma que la historia contada por Hesse no se terminara nunca.

Con el paso de los años he ido conociendo a personas a las que esta novela les cautivó, como a mí; y también he conocido a otras a quienes la historia de Hesse extrañó y dejó fríos, como el neófito del jazz que no sabe apreciar un buen be-bop.

En una cuidada edición de Círculo de Lectores, Vargas Llosa dijo que El lobo estepario es un canto a la vida. Y tenía razón. Pero para comprender esta opinión, debemos recordar quién era Hesse y hasta dónde llegó (o pudo llegar).Vivió atormentado muchos años durante su larga vida. Obsesionado por las religiones orientales (y quizá por el sentimiento de culpa) estuvo en varias ocasiones al borde del suicidio, hasta que un discípulo de Carl Jüng le enseñó la luz: un ser humano no es una sola persona, sino muchas, y el secreto de la vida consiste en aceptar a cada una de esas personas que componen nuestra identidad, ir jugando con ellas, hacerlas crecer, sorprendernos con ellas. De esta forma, en cada uno de nosotros existe un héroe y un cobarde, un filósofo y un animal, un vitalista y un suicida, un ironico y un desgraciado. Que cada uno de estos yoes emerja depende de mil circunstancias –quizá algunas propias del momento– y, por qué no decirlo también, de la casualidad.

El lobo estepario parte de esa base: el alma de las personas no es de una forma u otra, ni blanca ni negra, sino que tiene un amplio espectro de grises, de ahí su misterio y belleza.La novela cuenta la historia de Harry Haller (qué curioso, sus iniciales coinciden con las del autor), un intelectual que, cumplidos los cincuenta, decide suicidarse. Su vida, quizá demasiado espiritual, llena de libros y preguntas sin respuesta, le aboca a la más profunda soledad y desamparo. Siente como si dentro de él habitara un lobo estepario que le lleva, irremediablemente, a la autodestrucción.

El día en que piensa cumplir su funesto propósito sale a dar un paseo (quizá el último) y conoce por casualidad a una bella cortesana, Armanda. La mujer advierte su fragilidad; le da cariño y le propone un pacto. Ella le enseñará a bailar, a hacer el amor, a reír, a ser feliz, a ser un hombre de este mundo. Sin embargo, habrá un día en que le pida a él una contrapartida, un favor terrible, que Harry estará obligado a hacer. Nuestro lobo estepario acepta.

Pasan las semanas, el intento de suicidio ha quedado olvidado; Harry se ha enamorado perdidamente de su amiga. Ha aprendido a disfrutar de los pequeños placeres de la vida y también de algunas frivolidades que él antaño despreciaba, como los salones de baile y la música jazz. Y, también, se acerca ese día en que tendrá que dar esa contrapartida a Armanda. ¿Lo hará?

La arquitectura de la novela es cautivadora: por un lado, no es lineal, sino que una historia esconde otra; por otro lado, no hay un único narrador, sino varios. Es un texto que, tanto en forma como contenido, nunca, nunca aburre.

Durante algunos años, leí este libro cada primavera o en los primeros días de verano, la época en que cayó por primera vez en mis manos. Y, en cada lectura, encontré siempre algo nuevo, un nuevo detalle, un nuevo mensaje, un nuevo significado. Hermann Hesse era un genio y estoy convencido de que también era un buen tipo.

Hoy es 18 de abril y, aunque llueve estos días en Madrid, ya se acerca de nuevo el calor, el sol. Tomaré de nuevo El lobo estepario de mi biblioteca.

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