Política amable

El pasado domingo, paseando por El Rastro con mi mujer, encontré un pequeño tesoro que hacía tiempo que buscaba: El show de sus señorías, de Luis Carandell. Para quien no lo conozca, le diré que es un libro de anécdotas parlamentarias de lectura muy amena. Algunas (quizá la gran mayoría) fueron recogidas por Carandell tras haberlas buscado pacientemente en la prensa y en el diario de sesiones de la Cámara Baja. Otras fueron vividas por él mismo en su etapa de cronista parlamentario. Las anécdotas más antiguas datan de las Cortes de Cádiz; las más modernas, del primer Ejecutivo de Felipe González.

Con el libro bajo el brazo, Marta y yo salimos de El Rastro con dirección a la Plaza Mayor. Teníamos tiempo (nuestra hija estaba pasando unos días con los abuelos en la playa) y nos apetecía comer tranquilamente un bocadillo. Tomamos la Calle Toledo y pasamos al lado del Instituto San Isidro, donde estudié Bachillerato. Antes de llegar a la librería El aventurero (adonde me escapaba con mis amigos cuando hacíamos pellas para ojear libros y cómics), nos tomamos una caña en un bar que está justo enfrente.

Fue cuando me llevé la segunda gran sorpresa del día: me encontré a mi amiga M.F. Yo había hablado a Marta muchas veces de ella y, por fin, podía presentársela. M.F. es concejal del Ayuntamiento (no diré de qué partido porque no importan las ideas políticas sino las almas y los corazones) y nos conocimos en la Facultad, esa maravillosa época en que todos los sueños pueden hacerse realidad. El sueño de M.F. era dedicarse a la política. Puedo jurar que ya entonces valía para ello; he conocido a muy pocas personas que sientan el compromiso social como ella.

Nos abrazamos, nos reímos y recordamos algunas anécdotas de la Facultad. Le conté que yo sabía de su vida por lo que había leído en la prensa y por algunas búsquedas que había hecho por Internet. Ella prefería escuchar más que hablar y se mostró muy interesada por mi trabajo como profesor universitario.

Nos depedimos. Le prometí que le llamaría. Un rato después, cuando mi mujer y yo estábamos comiendo, definí a M.F. en tres palabras: una buena persona.

Cuando leo estos días el libro de Carandell y me río con las anécdotas parlamentarias que narra, o cuando me acuerdo de M.F., pienso que ojalá la política fuera siempre amable, siempre humana y siempre accesible. Ojalá.

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