Alfredo Kraus: "¡El mejor, el mejor, el mejor!"

Creo recordar que fue un domingo de otoño por la mañana. El tenor canario Alfredo Kraus acababa de morir y su capilla ardiente estaba en el Teatro Real de Madrid. La casualidad quiso que yo estuviera paseando por allí cuando el féretro salió del edificio para ser llevado al cementerio. El lugar estaba abarrotado de gente, de admiradores de aquella gran voz. En la cabeza de todos estaba el capítulo por el que Kraus, tristemente, era popular en los últimos años: su enemistad con Pavarotti, Domingo y Carreras (los superpublicitados Tres Tenores). Ellos le habían dado la espalda y, además, su público acusaba Kraus de ser envidioso. Por su parte, los seguidores del canario defendían su purismo (ése que, precisamente, lo alejaba del marketing) y valoraban, además, una idea romántica: que él fuera profesor de canto, que apoyase a los jóvenes, que por amor a la profesión compartiera con ellos sus conocimientos.

Cuando el féretro salía del Teatro Real, las miles de personas que estaban allí congregadas empezaron a corear, rítmicamente: “¡El mejor, el mejor, el mejor, el mejor!” La imagen dejó de ser triste y pasó a ser emotiva. Aquella persona que había fallecido estaba recibiendo el homenaje sincero de sus admiradores.

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