El regalo de la calle Campoamor

Llegué a buscar a Marta, mi mujer, con una hora de adelanto. Yo había bajado a Madrid para ir al dentista y había quedado con ella en que me pasaba por su oficina para, luego, ir los dos a por Mónica, nuestra hija, en coche. Yo ya había almorzado, tenía mucho tiempo por delante y sólo me quedaba pasear para hacer pasar el tiempo.

Tomé la calle Campoamor y, a los dos o tres minutos, el bullicio de Génova había quedado atrás. Poco antes de llegar al edificio de la Sociedad General de Autores me pareció como si ya estuviera en otra ciudad. Unos metros más adelante, una placa me informaba de que en un edificio cercano había vivido Julio Romero de Torres. A partir de esa altura, las casas cambiaron de fisonomía: se tornaron antiguas, quizá de principio de siglo pasado, de ladrillo rojo y balcones. Las nubes dejaron paso al sol y aminoré el paso. La primavera había vuelto: no sólo por la luz, sino por los balcones coloridos. Entre las macetas crecían molinillos de viento con los colores del arco iris. En una y otra acera, escaparates de librerías y videoclubes en donde se mostraban libros y películas de amor chico-chico y chica-chica. Me paré para leer los títulos y me sentí cómodo; pese a que aquel no era mi barrio ni la bandera arcoriris es la mía, nadie me miraba de forma ajena y no me sentía excluido. Quizá todo lo contrario. Continué caminando. Volví a ver los balcones, las banderas, los molinillos. Cuántas guerras y dificultades superadas habrán pasado algunas personas para mostrar en paz un simple molinillo con los colores del arcoiris.

En el escaparate de una librería vi unos llaveros multicolor muy chulos y pensé en regalárselos a dos personas de mi familia a las que quiero mucho. Incluso estuve a punto de comprarme uno para mí y que piense la gente lo que quiera. Seguí andando: casas, bares, personas de paso tranquilo. El reloj me avisó de que tenía que dar la vuelta.

Llegué a la puerta del trabajo de mi mujer cinco minutos antes de la hora convenida. Me metí las manos en los bolsillos. ¡Dios, los regalos, los llaveros! Se me había olvidado comprarlos. Quizá tenga que volver con mi mujer otro día para comprarlos.

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