Me quedo en este barrio

Hace ya algún tiempo padecí una neumonía. Estuve veinte días en cama; los primeros con fiebre, tosiendo mucho. La infección estaba radicada en la parte inferior de mi pulmón izquierdo y aquella zona me dolía sobremanera, como si me hubiera caído por unas escaleras o como si alguien me hubiera dado un puntapié en el costado.

Mi mujer trabajaba y mi hija estaba en la guardería, y, por ese motivo, pasaba las mañanas en casa solo. Una de estas mañanas, tumbado en la cama y con el dormitorio en penumbra, me encontré tan mal que comprendí perfectamente que mucha gente mayor pudiera irse al otro barrio por una infección así. “¿Y si tú te fueras ahora?”, me pregunté.

La conclusión a la que llegué fue clara. Sólo llorarían mi pérdida, de verdad, mi mujer y mi hija. Quizá también algunos amigos y familiares lejanos, pero éstos, seguro, se olvidarían de mí al poco tiempo. Ley de vida. ¿Qué más pensé? Pues que los problemas de trabajo, los piques con familiares, las ilusiones estúpidas, las pequeñas vanidades, todo eso se desvanecería: no quedaría nada, nada, nada. Y a nadie le importaría que hubo una vez un Fulanito de Tal que se hizo estas preguntas.

Cuando estoy gilipollas, cuando me obceco con ideas inútiles o con cumplir objetivos que no tienen ninguna importancia en la vida (sólo de vanidad) me acuerdo que el Destino me postró en cama veinte días para que tuviera la oportunidad de pensar. Creo que aprendí la lección; no quiero volver a pasar por lo mismo.

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