Yon Pite, Cádiz, Sevilla

Al igual que otras muchas personas, he encontrado varios amigos perdidos en el pasado gracias al invento de Facebook: David, Emma, Jordi… Hace un par de días fue Josep, a quien conocí (como a Jordi) en Cádiz, donde pasé un año a todo trapo en un hotel de lujo cinco estrellas con todos los gastos pagados.

Casualmente hoy he encontrado entre las carpetas del word un relato que presenté a un concurso de un diario digital. En ese relato hablo de Jordi y de Josep, de Cádiz y de Sevilla. El relato no se comió un colín, así que lo cuelgo aquí ahora. Lo escribí de un tirón, con una sonrisa en la boca. La misma sonrisa que ha aflorado esta mañana cuando lo he vuelto a leer.

Ah, por cierto, si leéis el relato ya sabréis de qué hotel de lujo se trata…

Ahí va el texto. Un abrazo a todos.

Quién me lo iba a decir a mí, un madrileño entre cuatro catalanes. Por entonces, yo quería ser escritor; Toni, tener un bar y seguir jugando al waterpolo, Ramón enamorar a cierta chica; y Jordi y Josep, ser jóvenes por siempre jamás. Compartíamos un piso en el Puerto de Santa María, teníamos veinte años y éramos felices pese a estar cumpliendo el servicio militar, porque a esa edad todo lo bueno puede estar a punto de suceder.

Antes de llegar allí, yo había empezado Periodismo en Madrid y había tenido que aparcar la carrera durante un año, ése, que me estaba pareciendo larguísimo. Estuve todo un invierno maldiciendo mi suerte, queriendo estar a muchos kilómetros de allí, con mis compañeros de Facultad. Pero, en febrero, el Puerto entero se disfrazó por Carnavales. La primavera ya era una promesa en firme y, hasta entonces, no había disfrutado tanto en mi vida cuando, al entrar en un bar, el mismísimo Batman, todo serio, me sirvió una cerveza. Quizá, pensé, hay que tomarse la vida un poco más a broma.

En abril empecé a darme cuenta de que aquel lugar me gustaba más de lo que yo pensaba. Salíamos los cinco a pasear por el Puerto, cuando los días eran por fin más largos y las calles olían a flores. Hablábamos y hablábamos. Nuestro licenciamiento (la blanca) estaba cerca, en verano, y, conforme llegaba la fecha, nos dábamos cuenta de qué bien nos llevábamos y cuánto nos apreciábamos, pese a que yo me enfadase muchas veces en el piso porque no entendía nada de catalán y, para colmo, hubiese colgada una senyera en una pared, presidiendo el salón. Por cierto, en julio, antes de partir, mis amigos de Barcelona me regalaron esa misma bandera dedicada y es uno de los regalos que guardo con más cariño.

Volver a Madrid no fue fácil. Empecé a trabajar en un mal sitio y, de nuevo en la Facultad, no podía coincidir con mis antiguos compañeros, pues ellos habían pasado a un curso superior y yo estaba uno por debajo. Me cambié de turno y me matriculé por las tardes. Entonces (aún no había correo electrónico) llegó la carta salvadora de Rafa, un amigo del cuartel, que vive en Sevilla: “Niño, no tienes excusa. Has pasado un año en Rota y viviendo en el Puerto, pero no conoces Sevilla. Eso es un pecado. Vente para acá”, me decía.

Y fui, pasados unos meses. Era Semana Santa y jamás pude imaginar el espectáculo para los sentidos que era todo aquello. Sevilla era el olor a azahar y a incienso; era paseos por La Campana, era la madrugá y ver la Esperanza de Triana cruzando el puente ya de mañana. Pero también era Rafa, era Guato, era la señora Juana y era, por supuesto, era El May, el padre. Un año antes, en la mili todos me habían llamado John Peter, apodo que al May le hizo mucha gracia. “No sólo pareces guiri siendo madrileño, ¡es que además te llamas Yon Pite!”. Cuando pasábamos a los bares del barrio, él me presentaba a los dueños. “Mira, éste es Yon Pite, amigo de la mili de mi Rafaelito. Por cierto, Joaquín, ponnos unas cañas y al Yon Pite no le dejes pagar ni una sola ronda porque su dinero no tiene curso legal en Sevilla”. En su casa recibí cariño del bueno; no sólo esa vez, sino en las muchas más que volví. En una de ellas, con mi gran amigo Ricardo, nos reímos tanto que nos dolió el estómago. Nos dolió de verdad. La, por el momento, última visita que hice a Sevilla fue con Marta, mi mujer, que por entonces ya era mi novia.

Antes, ella y yo habíamos estado en Cádiz, en Zahara de los Atunes. No compartimos hotel con la beautiful people que frecuentaba esa zona entonces. No teníamos apenas dinero y por eso tuvimos que ir a un camping. Todavía nos acordamos de las anécdotas que nos sucedieron allí y de los personajes con los que compartimos aquellos días. Como aquella familia (inmensa) que se presentó al camping con un grifo de cerveza y acompañados de Simba. Tenía nombre de león pero no lo era, tampoco era un fiero sabueso. Era un gato de tejado, blanco y negro, la mar de corriente si no fuera porque era la reencarnación del doctor Livingstone y le gustaba escaparse por ahí. Quizá por este motivo sus dueños decidieron ponerle correa, como a un perro, e iban paseando por el camping con el bicho con la correa puesta. Una noche, en la que ni siquiera se oía el mar, una voz rasgó el silencio. Era una voz tremebunda:

“¡Que se ha escapado el gatoooooooo!”

Y los pobres dueños venga a buscarlo linterna en mano, en plan Misión Imposible, a las cuatro de la mañana.

Volvimos a Andalucía un tiempo después. Primero a Almería; nos escapamos un fin de semana largo porque ese verano no tendríamos vacaciones. Luego, un par de años después, fuimos a Córdoba. Ya esperábamos a nuestra hija Mónica. Nos dimos un masaje en unas saunas de estilo árabe, visitamos la Mezquita y la casa de Romero de Torres, comimos de tapeo, nos lo pasamos bien.

Queremos volver. Volver, por ejemplo, a Granada, donde estuvimos Marta y yo, pero por separado, cuando aún no nos conocíamos. Quiero que tengamos juntos la sensación de dar un salto en el tiempo, un salto atrás (en la Alhambra se puede) porque así, al volver, eso significará que hemos estado siglos juntos.

Sí, queremos volver. Mientras tanto, de vez en cuando llamo a Rafa, a Guato o al May. Alegra oír su voz, alegra oír: “Qué pasa, Yon Pite, cómo te va, hijo”.

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8 comentarios sobre “Yon Pite, Cádiz, Sevilla

  1. Aun a riesgo de ser cursi, tengo la sensación de que la vida es un cuadro impresionista en el que vamos dejando pinceladas sueltas en vez de trazos definidos.Tiempo despues, cuando empezamos a ver el cuadro es cuando podemos corregir en parte la escena, pero no del todo.Apunta a buen cuadro, Y.P., aunque eso por supuesto es porque el pintor tuvo a su alcance buenas pinturas.PD – Si buscas un azul especial, el Mediterraneo en Almería, un buen día de invierno.

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  2. ¡Qué hermoso relato! No sé de qué iría aquel concurso, pero tu cuento merecía la pena ser enviado por la simple belleza (o belleza de lo simple) que transmite. Os he visto a todos y he visto ese ambiente en el que os movéis (tan típico esos momentos gaditanos y sevillanos, por favorrrrrr). En fin, que me da mucha pena que no ganaras aquel concurso, pero gracias a eso ahora el relato está en tu blog. ¡Eres un grande!Un beso enorme de color naranja

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  3. Bueno, quien entra en mi Blog tiene la desgracia de que entro yo en el suyo :)Me ha gustado tu relato y su final. Mi problema son los finales,no solo en la vida, tb en la literatura. Un rollo. Nunca sé cómo terminar algo sin que sea brusco. “Ala, se acabó”.Qué bonito Cádiz!Me alegra que Facebook te haya servido para encontrar amigos, a mi me ha servido casi más para perderlos, por eso me alegra más (que a otros les sirva).Enhorabuena por tu segunda hija. Uuuu! da vértigo solo pensarlo.Saludos. Sue.

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  4. Un consejo, la mejor época para visitar Sevila, la semanas que hay entre Semana Santa y Feria. Ahí sí que la ciudad huele a Azahar y está preciosa.Es una ciudad para pasear, el barrio de Santa Cruz, la orilla del Guadalquivir, las calles de Triana…PD: Puede que el relato no se comiese un colín pero… que te quiten lo bailaoUn abrazo Yon Pite

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