Segundas y terceras oportunidades

Estaban los dos al lado de la cristalera, sentados frente a una mesa redonda donde apenas cabían sus tazas de desayuno y unos platos con cubiertos y restos de dulce.

Ella era atractiva. Tendría unos treinta y cinco, pero aparentaba más. En parte por cómo iba vestida (demasiado formal, con traje y pantalón gris oscuro), en parte porque tenía mirada de mujer mayor. Mirada de haber vivido. Estaba callada, con media sonrisa. Asentía.

Él pasaba de los cincuenta, pero vestía de forma algo más juvenil. Ropa cara pero sin estridencias. Manos morenas y muy cuidadas. Tenía el pelo casi canoso del todo, muy bien cortado. Era muy delgado, tenía las facciones angulosas y su voz, sin ser grave, sonaba profunda y, sobre todo, sincera.

Estaban cogidos de las manos. Todo el rato.

Yo había pasado a aquel bar de Torrelodones para hacer tiempo mientras arreglaban el coche. Vi a a la pareja cerca del cristal y no pude evitar escuchar. Entre otras cosas, pude oír cómo él le decía a ella.

“Vamos a ver cómo sale este experimento”.

“Los niños lo ven a su manera”.

“Estamos empezando algo muy bonito”.

“Ya verás cómo todo va a ir bien”.

“Tenemos que estar tranquilos”.

Posiblemente fueran divorciados que estaban empezando una nueva vida. ¿Trabajarían por la zona? ¿Se conocerían del trabajo?

Pagué mi café y, mientras salía, deseé que les fuera muy bien. La vida da segundas y terceras oportunidades.

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