La chica del móvil

Yo volvía en el metro. Tenía que ir a Moncloa y, desde allí, tomar un autobús que me llevara al pueblo donde vivo. Pasaban de las diez de la noche. A mi izquierda, una chica muy delgada y con cara de mucho cansancio, que probablemente salía del trabajo. Hablaba por el móvil, con su pareja, que estaba en casa.

–Ya sabes, llegaré dentro de una hora. Duérmete si quieres.

[Silencio]

–Lo hago por ti, duérmete si quieres. Llamo para saber cómo estás.

[Silencio. La chica se empieza a poner triste]

–Por favor, ¿puedes preguntarme antes de dormirte qué tal me ha ido el día? No sé, ser algo cariñoso antes de que cuelgues, al menos.

[Silencio]

–Nada, déjalo. Déjalo. Venga, adiós.

Colgó el teléfono y ella se me quedó mirando con aire reprobatorio.

“Perdóname, lo siento mucho”, le dije con la vista.

Luego volvió a marcar. ¿A quién llamaría? No podía oírla bien, porque hablaba a media voz para que yo no la escuchara.

¿Sería a su madre? ¿Otra vez a su pareja para hacer las paces?

Agudicé el oído. Estaba llamando a una amiga:

–Estoy un poco harta de esto, ¿sabes? Sólo piensa en él. Sé que ha pasado por una mala experiencia, pero es que yo también.

Me hubiera gustado que ella me hubiera mirado otra vez. Entonces la hubiera dicho ánimo y tranquila, que son fases.

Pero quizá ese episodio era algo más que una fase.

El metro se paró en Moncloa y yo me bajé. Afuera era de noche cerrada y fría.

 

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