Un niño de casi cuarenta y nueve años

Muchos soñábamos con ser narradores,
orfebres de la palabra,
obreros cualificados de la metáfora,
librepensadores en la patria del folio en blanco,
poetas a sueldo.

Y, hoy,
cuando la meta estaba cerca
(o cuando la cruzamos y quisimos atravesarla de nuevo),
resulta
que la ley de la palabra ha sido sustituida por la costumbre de la imagen,
que los narradores ni están ni se les espera,
que el tempo lento es una agonía
y que todos los salvoconductos que un día obtuvimos
servían para cruzar fronteras que hoy han cambiado.

Somos metecos, zíngaros, apátridas.
¡A quién coño le importa que escribas un poema!
¡A quién coño le importa que cuentes una historia!
¡Una más! ¡Pero si estamos llenos!

Pero, ¿sabéis lo que os digo?
Pues que esto está bien,
que la levedad es buena
y que me gustar pensar que
aún
no he conseguido todos mis objetivos vitales.
Así sé que
todavía
no me he vuelto del todo gilipollas
y que soy un niño de casi cuarenta y nueve años.

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La soledad

Yo aún era muy joven para comprenderlo. Aquella madrugada, delante de una cerveza, una amiga me confesó que había noches que, pudiendo dormir en la cama, se tumbaba en el sofá con la tele encendida. Así escuchaba voces y podía conciliar el sueño creyendo que no estaba sola.

Repito: yo aún era muy joven para comprenderlo.

A tiempo de ser

Nunca creí que esto me ocurriría, pero una prueba irrefutable de que pasa el tiempo (de que pasa mi tiempo, de que paso por el tiempo) es que pienso sobre las opciones que la vida que, parece, ha cerrado.

De esta forma, últimamente, me da por pensar:

  • Por qué no hice Psicología
  • Por qué no mandé a la mierda a aquel jefe
  • Por qué dejé pasar esa oportunidad laboral
  • Por qué no escribo otra puñetera novela y por qué siempre me rajo y las ideas que tengo me parecen malas