Buena gente (I): Terapia en el banco de un parque

Hoy he hablado con una de las mamás del cole mi hija. Es psicóloga. Le he preguntado por su gabinete. “No va mal, voy haciendo pacientes”, me ha contestado. Luego me ha hecho una confesión: en muchas ocasiones, cuando la gente a la que trata no tiene dinero, queda con ella en un parque, se sientan en un banco y hacen allí la terapia. “¿Cómo voy a dejar sola a una persona con problemas?”

La luna sobre nosotros

Corría el año en que el Kaiser había muerto y también había fallecido nuestro padre. Aquella noche mi hermano y yo salimos al bosque para aclarar nuestras diferencias. Él llevaba una pistola y yo otra. Ambos las escondíamos y ambos sabíamos, también, que las íbamos a utilizar. La luna estaba grande, más de lo normal. Los grillos aún cantaban. Fuimos a un claro para vernos bien y tomamos distancia. No mediamos palabra cuando desenfundamos. Ni a él ni a mí nos temblaba el pulso. Antes de terminar de apuntar, mi hermano se encogió preso de dolor, soltó la pistola y se llevó las manos a las sienes. Me preguntó entre dientes:

–¿No lo sientes, Wilhem? ¿No lo sientes?

–¿El qué?

–El temblor, dios mío, el temblor. ¡Me va a estallar la cabeza!

Yo no sentía nada, pero me di cuenta de que los grillos habían callado.

De repente, sí, lo sentí: una fuerza, un temblor que me empujaba hacia abajo. Empezaba a destrozarme por dentro con una presión descomunal, como si dios me apretara con un puño. Mi hermano miró hacia arriba y yo también. La Luna se hacía cada vez más y más grande. Venía. Venía. Venía hacia nosotros. Lo supimos entonces: la Luna iba a chocar contra la Tierra. Yo también solté la pistola.

Todo empezó a temblar a nuestro alrededor y oímos un rugido tétrico.

Nos miramos y comprendimos qué estúpido puede ser todo.

Lobito bueno

Una vez, mientras viajaba en un vagón de metro, entró un hombre pidiendo unas monedas a cambio de una canción. Era indigente y creo (por ciertos rasgos y cicatrices en la cara que sólo pueden emerger desde el fondo del alma) que había tenido alguna relación con las drogas. No llevaba instrumento alguno y empezó a cantar a capela. Lo hacía como podía, con voz rota y evidente esfuerzo. Mucho esfuerzo.

La canción, en concreto, era un poema de José Agustín Goytisolo musicado por Paco Ibáñez: El lobito bueno. Una canción aparentemente naif, sólo aparentemente.

Me emocionó escuchar esa canción a ese hombre y en esas circunstancias.

Frente a mí había dos jóvenes sentados que se empezaron a reír del vagabundo nada más empezaron a escuchar la letra.

–¿Por qué lo hacéis? –les pregunté con la mirada–. ¿Por qué lo hacéis?

(*) He recordado lo que viví aquella tarde al ver en el muro de Facebook de Julia Cortés el poema musicado de Goytisolo por Paco Ibáñez.