Sumilleres reunidos

Conforme pasan los años noto cómo mis niveles de testosterona están bajando. Y no sé si será casualidad o causalidad, pero también encuentro que los hombres somos cada vez más ridículos. Mucho. La última prueba fehaciente la tuve antes de que llegara la primavera en un restaurante al que fui para comer un menú del día. En la mesa de al lado estaban sentados cinco varones de cincuenta y tantos y que, intuyo, trabajaban en una oficina cercana.

Uno de ellos pidió al camarero una botella de vino. Un vino supuestamente bueno.

Os juro que era para descojonarse. Tomaban la copa, la alzaban para ver al contraluz el reflejo caoba del caldo, metían su nariz y ponían cara de entender.

–Oh, tíos, este vino está de puta madre. ¿No lo creéis? –dijo un macho beta, que no era líder pero pretendía serlo.

–Sí, tío, claro –dijo uno.

–Sí, tío, claro –dijo otro.

–Sí, tío, claro –afirmó otro.

Hasta que el macho alfa de verdad dijo:

–Joé, tíos, esperad. A ver, este sitio es magnífico pera comer, pero no para beber vino bueno. Es que a mí éste me sabe a corcho.

–No jodas, tío. Mmmm. ¡Es verdad!

Todos se miraron entre sí. Había que encontrar consenso.

–¡Es verdad!

–¡Es verdad!

–¡Es verdad!

Y los cinco cambiaron oficialmente de opinión: el vino ya no era bueno y el sitio ya no era el idóneo para degustar un rioja como dios manda.

No sé si os habéis dado cuenta de que a los hombres nos gusta hacernos los entendidos en vino a partir de los 50. Conforme se nos escapa la vitalidad, disfrazamos nuestros nuevos estados físicos y psíquicos de sibaritismo y gusto por el bouquet. Cuando lo que pasa, en realidad, es que nuestro cuerpo no puede aguantar la caña que le metíamos cuando teníamos treinta.

Sigamos con nuestro cinco amigos.

Cambiada oficialmente la opinión sobre el vino, y después de preguntarse los unos a los otros qué iban a hacer el fin de semana, el macho beta (que ya asumía que nunca sería macho alfa), sacó el móvil, abrió la galería de imágenes, buscó con el índice una foto de algo parecido a unos olivos (o qué se yo) y dijo lo siguiente. Os lo juro:

–Jo, tíos, yo he descubierto una actividad que quita el estrés que te cagas. ¡Me he comprado una podadora y estoy dale que te pego a los árboles!

–Hala, tío, qué bestia.

–Sí, eres un bestia.

–Jo, qué bestia.

Y todos apostillaron: “Te va a salir una hernia discal”.

El macho beta miró a todos como diciendo: “Os he cortao, merluzos. No os ha gustado el vino que he escogido. Pero os he demostrado que tengo tierras”.

Y así, amigos, es como avanza la Humanidad.

Buena gente (I): Terapia en el banco de un parque

Hoy he hablado con una de las mamás del cole mi hija. Es psicóloga. Le he preguntado por su gabinete. “No va mal, voy haciendo pacientes”, me ha contestado. Luego me ha hecho una confesión: en muchas ocasiones, cuando la gente a la que trata no tiene dinero, queda con ella en un parque, se sientan en un banco y hacen allí la terapia. “¿Cómo voy a dejar sola a una persona con problemas?”

La luna sobre nosotros

Corría el año en que el Kaiser había muerto y también había fallecido nuestro padre. Aquella noche mi hermano y yo salimos al bosque para aclarar nuestras diferencias. Él llevaba una pistola y yo otra. Ambos las escondíamos y ambos sabíamos, también, que las íbamos a utilizar. La luna estaba grande, más de lo normal. Los grillos aún cantaban. Fuimos a un claro para vernos bien y tomamos distancia. No mediamos palabra cuando desenfundamos. Ni a él ni a mí nos temblaba el pulso. Antes de terminar de apuntar, mi hermano se encogió preso de dolor, soltó la pistola y se llevó las manos a las sienes. Me preguntó entre dientes:

–¿No lo sientes, Wilhem? ¿No lo sientes?

–¿El qué?

–El temblor, dios mío, el temblor. ¡Me va a estallar la cabeza!

Yo no sentía nada, pero me di cuenta de que los grillos habían callado.

De repente, sí, lo sentí: una fuerza, un temblor que me empujaba hacia abajo. Empezaba a destrozarme por dentro con una presión descomunal, como si dios me apretara con un puño. Mi hermano miró hacia arriba y yo también. La Luna se hacía cada vez más y más grande. Venía. Venía. Venía hacia nosotros. Lo supimos entonces: la Luna iba a chocar contra la Tierra. Yo también solté la pistola.

Todo empezó a temblar a nuestro alrededor y oímos un rugido tétrico.

Nos miramos y comprendimos qué estúpido puede ser todo.