Habrá que reinventar el verano

Ayer por la tarde lo comentábamos, sorprendidos, mi amigo Felipe y yo: por estas latitudes, los vencejos y los aviones ya se han marchado. Lo venía notando desde hace unos días (ya no escuchaba su alboroto al atardecer) y Felipe me lo ha corroborado: se han ido mucho más pronto que otros años.

Hemos comentado que, quizá, los cambios de temperatura de este verano (que han sido brutales) les hayan hecho creer que se ha adelantado el otoño. O, también, que esos mismos cambios en el mercurio han propiciado que buena parte de su sustento (son insectívoros) haya desaparecido y por eso han tenido que buscar lugares mejores para vivir.

Parece ser que no podemos hacer nada para que vuelvan, como tampoco, parece ser, podemos hacer nada para vivir un verano más amable. El verano y las circunstancias pasadas parecen inmutables. Y en cuanto al tiempo (no me refiero al atmosférico, sino al regido por el dios Crono) “es el que es”, como apostilla un conocido personaje de la serie El Ministerio del Tiempo.

Pero, ¿y si empezamos a rebelarnos y reinventamos este verano?

¿Cómo lo harías tú?

 

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Sumilleres reunidos

Conforme pasan los años noto cómo mis niveles de testosterona están bajando. Y no sé si será casualidad o causalidad, pero también encuentro que los hombres somos cada vez más ridículos. Mucho. La última prueba fehaciente la tuve antes de que llegara la primavera en un restaurante al que fui para comer un menú del día. En la mesa de al lado estaban sentados cinco varones de cincuenta y tantos y que, intuyo, trabajaban en una oficina cercana.

Uno de ellos pidió al camarero una botella de vino. Un vino supuestamente bueno.

Os juro que era para descojonarse. Tomaban la copa, la alzaban para ver al contraluz el reflejo caoba del caldo, metían su nariz y ponían cara de entender.

–Oh, tíos, este vino está de puta madre. ¿No lo creéis? –dijo un macho beta, que no era líder pero pretendía serlo.

–Sí, tío, claro –dijo uno.

–Sí, tío, claro –dijo otro.

–Sí, tío, claro –afirmó otro.

Hasta que el macho alfa de verdad dijo:

–Joé, tíos, esperad. A ver, este sitio es magnífico pera comer, pero no para beber vino bueno. Es que a mí éste me sabe a corcho.

–No jodas, tío. Mmmm. ¡Es verdad!

Todos se miraron entre sí. Había que encontrar consenso.

–¡Es verdad!

–¡Es verdad!

–¡Es verdad!

Y los cinco cambiaron oficialmente de opinión: el vino ya no era bueno y el sitio ya no era el idóneo para degustar un rioja como dios manda.

No sé si os habéis dado cuenta de que a los hombres nos gusta hacernos los entendidos en vino a partir de los 50. Conforme se nos escapa la vitalidad, disfrazamos nuestros nuevos estados físicos y psíquicos de sibaritismo y gusto por el bouquet. Cuando lo que pasa, en realidad, es que nuestro cuerpo no puede aguantar la caña que le metíamos cuando teníamos treinta.

Sigamos con nuestro cinco amigos.

Cambiada oficialmente la opinión sobre el vino, y después de preguntarse los unos a los otros qué iban a hacer el fin de semana, el macho beta (que ya asumía que nunca sería macho alfa), sacó el móvil, abrió la galería de imágenes, buscó con el índice una foto de algo parecido a unos olivos (o qué se yo) y dijo lo siguiente. Os lo juro:

–Jo, tíos, yo he descubierto una actividad que quita el estrés que te cagas. ¡Me he comprado una podadora y estoy dale que te pego a los árboles!

–Hala, tío, qué bestia.

–Sí, eres un bestia.

–Jo, qué bestia.

Y todos apostillaron: “Te va a salir una hernia discal”.

El macho beta miró a todos como diciendo: “Os he cortao, merluzos. No os ha gustado el vino que he escogido. Pero os he demostrado que tengo tierras”.

Y así, amigos, es como avanza la Humanidad.