El apego

“Me gusta mi vida”, se dijo ella cuando abrió el armario para ver sus vestidos de encaje blanco, esos que ya no se ponía pero que le gustaba guardar. Los iba rozando con la punta de los dedos, como si la memoria estuviera en el tacto de las manos y fuera más fácil viajar al pasado.

“Me gusta mi vida”, se dijo. “Y me costó mucho llegar hasta aquí”. Entonces reprimió una lágrima porque fue consciente de que algún día lo perdería todo. Quizá el secreto consiste en saber perder el apego a las cosas.

(*) La fotografía es el retrato de Lady Agnew de Lochnaw, de John Singer Sargent (1892).

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Mujeres albatros

Nunca he comprendido a los tipos que tienen miedo de que sus mujeres sean más fuertes o importantes que ellos. Nunca he comprendido a los tipos que quieren dominarlas. Y tampoco he podido imaginar qué incentivo tiene que alguien te diga siempre “lo que tú quieras, cariño” (cuando, lo peor de todo, es que te esté mandando a tomar por saco para sus adentros).

Siempre me acuerdo de la definición de Pío Baroja de las mujeres albatros, aquellas que sobrevuelan tempestades. Y siempre me acuerdo, también, de su reflexión posterior: volar con ellas es demostrar que tienes las alas fuertes.

Mi mujer, mis hijas, mis hermanas y la mayoría de mis amigas son (y mi madre también lo fue) mujeres albatros.

Volemos a su lado, entonces.

El otro día, unos queridos estudiantes analizaron el logo de la firma Chanel. Y, de forma inevitable, salió a escena la creadora de la marca, Coco Chanel. Verbalicé a la clase que hubiera estado genial conocerla. Qué persona tan inteligente debió de ser.

Nada más llegar a casa leí su biografía. Bueno, vale, hay episodios en su vida como mínimo oscuros. Nunca han sido corroborados del todo. Pero eso, como decía un novelista, es otra historia.

Os dejo el final del biopic Coco before Chanel, protagonizado por Audrey Tautou y dirigido por Anne Fontaine.

El juego simbólico de los espejos es fascinante.

Fin de cuatrimestre

Versos de buen corazón,
tan grande que no les cabe en una estrofa.

También versos con barba y voz engolada,
que creen que saben más que tú
(y quizá tengan razón).

Versos que no se enteran porque no quieren.

Versos que te dicen que te deben la rima,
cuando es al revés: eres tú quien se la debes a ellos.

Versos adorables.
Versos que psá.

Versos que se comportan como en el Instituto
y se dejan llevar por otros versos.

Versos que quieren hacer un máster,
pero lo que quieren de verdad es trabajar
pero no pueden.
Versos a los que un día pedirás trabajo.

Versos que te calan a la primera.

Versos que tú sabes que llegarán lejos
precisamente porque no quieren demostrarlo.

Versos a los que no llegas
y te da rabia.

Los versos siempre tienen vida.