¡Me rindo!

El otro día leía la web sinazucar.org. Te recomiendo que la visites si quieres comer un poco más sano. Y te recomiendo también que la visites si eres mínimamente feliz y quieres amargarte un poco el día. ¿No me crees? A los hechos me remito:

  • Un puñetero yogur de fresa (omitiré la marca): 4 terrones de azúcar
  • 4 galletas de chocolate: 8 terrones y medio
  • 1 refresco de té de los de toda la vida: 6 terrones y medio
  • 1 triste flan: 6 terrones y medio

A ver, yo ya me rindo. Comprendedme: a mis 47 años, si no haces ejercicio la barriguita es casi una obligación moral. Si no la tienes eres marciano es que no has vivido. No me puedo cuidar más.

Yo ya me di cuenta de que mi cuerpo estaba cambiando hace unos años. Un verano, en la playa, mientras corría con mis hijas por la orilla, noté (horror) que mis pectorales –antes fibrosos cual atleta heleno– subían y bajaban flácidos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Sí, amigos, ya sé que eso le pasaba a Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa. Pero es que yo no soy Pamela Anderson.

El tiempo pasa para todos. Y no sólo en el físico. Aquellos hombres y mujeres interesantes que admiraba en mis tiempos universitarios ahora son sesentones amargados que ponen a parir a los de Podemos y reclaman sus quimeras como las únicas verdaderas. Si yo voy a ser así, prefiero asumir mi humanidad desde ya mismo. Mi única Arcadia es el Vicente Calderón y mi Ítaca de este año llama Cardiff. Ya no sueño con ganar el premio Nadal y publico mis historias en Amazon (por cierto, ¿sabéis quién es El ángel de Sao Paulo?).

Ya paso tanto de todo, que ni siquiera me inmuto cuando los vecinos de al lado (que deben cenar afrodisiaco cada dos por tres) hacen gala de un ruidoso furor pasional. El otro día, martes, a las 06:30 de la mañana (repito: martes a las 06:30 de la mañana), estaban dando una serenata. Me levanté al cuarto de baño. Mi mujer se estaba lavando los dientes para ir al trabajo. Nos miramos con sonrisa condescendiente. Dijimos: “Son jóvenes”.

Hacerse mayor debe de ser esto. Con lo que hemos sido.

Bueno, son las dos de la madrugada. Me tomo un colacao y pa la cama.

Os quiero, amigos.

Pío Baroja, el San Isidro y El árbol de la ciencia

Pío Baroja estudió en el Instituto San Isidro y hace referencia al centro en El árbol de la ciencia. Yo fui alumno de ese instituto (en la década de los 80) y aún siento la emoción que tuve al leer, allí mismo, las páginas que Pío había escrito sobre ese lugar en 1911.

El árbol de la ciencia es, sin duda, una de las mejores novelas de Baroja. Creo que todos los estudiantes de nuestra generación empezamos a amarle desde que nos zambullimos en sus historias, una extraña mezcla de novelas de aventuras, folletines y retratos introspectivos, ubicadas muchas veces en ese mismo Madrid que nosotros recorríamos, setenta años después. Más de medio siglo había pasado pero el alma de la ciudad seguía siendo la misma.

Lejos de diluirse, mi admiración por Baroja se ha acrecentado con los años. ¿Cómo sería él hoy? ¿Un Pérez-Reverte? Quizá sí, por la acidez e ironía de sus comentarios. Pero quizá no. La narrativa de Baroja deja entrever, además de cierta amargura, un poso de cariño por los seres humanos (en especial por los más desvalidos) que otros escritores de hoy, pese a su indudable maestría, no saben o no pueden transmitir.

Más arriba me he referido a Pío Baroja como Pío y no don Pío (como se le suele llamar). A los escritores que nos han tocado el corazón se les debe llamar por su nombre de pila, igual que hacemos con los amigos o con las personas por quienes sentimos un afecto incondicional.

Pío Baroja es uno de mis referentes literarios y el San Isidro es uno de mis lugares en el mundo.

Foto de la entrada: Claustro del I.N.B. San Isidro. Imagen tomada por mí, disponible aquí.