Aulas mágicas

Por regla general, las aulas universitarias son lugares mágicos. Cada curso son frecuentadas por docenas y docenas de jóvenes que tienen sueños y que piensan, afortunadamente, que éstos pueden convertirse en realidad.

Los chicos no lo saben o no se dan cuenta, pero el caso es que impregnan las aulas con su luz.

A veces, en clase, hay momentos de comunión en los que el tiempo se para y se escuchan los latidos de los corazones. Es como si los chicos adivinaran su futuro, como si levantaran los naipes de su destino.

En las aulas también he reencontrado al alumno que fui. En las aulas trabajo para ser la persona que quiero ser.

Y yo quiero seguir siendo profesor.

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Sobre maestros de ceremonias y transmisión de experiencias y conocimientos

Reproduzco a continuación un post de mi bitácora profesional. Creo que debo hacerlo porque no sólo habla de trabajo.

Dentro de unos meses viajaré a una universidad centroamericana para hablar de algo que me apasiona últimamente: la Comunicación 2.0. El viaje (del que, prometo, os daré detalles más adelante) se presenta venturoso: estoy recibiendo muy buenas vibraciones y muestras de profesionalidad de esta universidad que ha contactado conmigo desde el otro lado del mar.

Yo no soy un experto y no pretendo serlo. Soy profesor (y lo digo con mucho orgullo). Y un profesor, etimológicamente, es el que profesa, el que muestra su fe en algo. Es algo así como una correa de transmisión: lleva conocimientos y experiencias de un lugar a otro. Muchas de estas experiencias le han ocurrido a él mismo, dándole un interesante bagaje. En mi caso, puedo decir que en la clases aporto muchas experiencias que me han ocurrido en mis etapas profesionales. Pero, sobre todo, un docente es y debe ser un maestro de ceremonias, un introductor o, mejor dicho, un traductor de conocimientos. Me explico: el conocimiento está ahí, en enciclopedias, en libros, en cuadernos, en conferencias, en Internet. Sí, sobre todo, últimamente, en Internet. El saber está ahí al alcance de todo el mundo y, más o menos, es fácil dar con él y asimilarlo.

¿Qué hace un profesor? En primer lugar, lo lleva a distintos públicos. Escucha, atiende, detecta cuáles son los deseos, carencias, puntos débiles y fuertes del alumno. Y, luego, transforma esa información para que el alumno la asimile mejor: a veces le da la vuelta, cambia ejemplos, recomienda bibliografía para tal o cual caso como si de un medicamento se tratara. En muchas ocasiones, aunque el grupo de alumnos sea grande, el docente debe hacer tratamientos muy personalizados, debe atender persona a persona, teniendo en cuenta sus circunstancias y capacidades. Todo, con tal de que el alumno sea capaz de amar la materia.

Luego, el profesor pone a disposición del alumno sus fuentes de información, sus fuentes propias, a veces personales. Así, cuando él no esté, el alumno puede seguir alimentándose, recibiendo información. No cito aquí mis fuentes personales porque ya he hablado de ellas en alguna ocasión y ellos ya saben quiénes son.

Recuerdo un profesor que tuve en el Instituto San Isidro. Se llamaba Fernando Fandiño y fue uno de los mejores que tuve en Literatura (no quiero dejar de acordarme de Marga, también en Literatura; de Filomena, en Filosofía; de Mª Ángeles y Rosa en Griego). El caso es que Fernando no era escritor o por lo menos no iba de ello. Tampoco iba de experto en Literatura. Pero cuando nos hablaba de ella, os juro que por arte de magia traía con nosotros, allí, a clase, a Pío Baroja, a Antonio Machado, a Luis Cernuda. Hablaba con tanto cariño de la palabra escrita que, cuando leímos El árbol de la Ciencia o La busca, creímos que Pío Baroja había escrito esas novelas sólo para nosotros.

Tengo el objetivo vital de buscar a Fernando y darle las gracias por todas aquellas clases.

Fernando, Marga, Filomena, Mª Ángeles, Rosa. Y tantos profesores que tuve luego en la carrera. Ninguno iba de experto, pero todos demostraban su amor por aquello de lo que hablaban.

Dios mío, tengo la mejor profesión del mundo.

Somos invencibles

Yo no tuve orla. Fue por culpa de un pensamiento supersticioso. Poco antes de terminar la carrera me iba muy mal con los estudios y creía que si me hacía la foto de la orla (es decir, si me hacía una fotografía como si ya estuviera licenciado) tentaría a la suerte y mi sueño no se cumpliría. Por eso no me hice la foto, por eso no salí en la orla y por eso, posiblemente, muchos antiguos compañeros (por no decir casi todos) ya se habrán olvidado de mí.Cuento esto porque desde hace unos días, unos ex-alumnos (que ahora son nuevos periodistas y, sobre todo, personas muy apreciadas por mí) me han enviado las orlas de sus grupos. En ellas, como profesor, tengo el honor de aparecer. Éste es mi cuarto curso en la Carlos III y he comprobado, con algo de timidez y orgullo, que aparezco en la orla de cinco grupos. Para un docente, aparecer en esta fotografía colectiva es emocionante, un sentimiento pequeño pero que llena mucho, uno de los mejores premios: antiguos alumnos valoran tu trabajo, te recuerdan y quieren seguir recordándote a lo largo del tiempo.

Y allí estoy yo, a veces por las esquinas, a veces por el centro de los profesores que los alumnos han elegido.

Pero lo mejor, lo más importante, son ellos, son los alumnos, mejor dicho, los ex-alumnos, los ya nuevos periodistas. Hay algunos que miran a la cámara con desparpajo, como el jugador de fútbol portentoso que está a punto de hacer un regate al futuro. Hay otros serios, muy serios, con la mirada concentrada, como si estuvieran a punto de lanzar un penalty al destino. Tanto en unos como en otros veo luz en sus ojos, adivino emoción, intuyo sueños, puertas inmensas que se abren, aventuras que están a punto de ser vividas.

Cuando un profesor aparece en una orla es testigo de todo eso. Y quizá de muchas cosas más. Porque al formar parte de los recuerdos de una persona, uno va con esta persona a todos los lados. Así que yo, disfrazado de recuerdo, entraré de nuevo en una redacción escondido en un bolsillo de la chaqueta de un nuevo periodista. Asisitiré de nuevo a una rueda de prensa, estaré al lado de quien escriba un artículo. Más tarde, dios mío, volveré a ser consultor de comunicación y daré consejos a clientes (consejos que, evidentemente, no serán tenidos en cuenta en la mayoría de las ocasiones). Disfrazado de recuerdo compartiré con los ex-alumnos algunos nervios, aungustias y frustaciones. Y como los recuerdos somos invencibles, cuando algún jefe o compañero hijoputa nos haga alguna faena diremos para nuestros adentros: “Con nosotros no vas a poder”.

Vivir en los recuerdos de las personas es multiplicar la vida, sentir dobles los latidos. Vivir en el recuerdo, paradójicamente, es formar parte del presente y asegurar el futuro.

Por eso, desde hace varios días, tengo un increíble sentimiento de gratitud. Muchas gracias, chicos, por ese hueco, por ese pasado, presente y futuro. Ha sido un honor. Todo va a salir bien. Nos volveremos a ver, como decía Baroja, en una vuelta del camino.