Dos caballeros

Fue hace muchos años. Por aquel entonces no existían los teléfonos móviles y yo era un joven que empezaba a salir a cenar con amigas y amigos.

Una de esas noches, en un restaurante, presencié una escena tan especial que aún la recuerdo. Un par de mesas más allá de la mía estaban sentados dos chicos que no llegaban a los treinta. Iban vestidos casual tirando sólo a moderno. Hablaban, al parecer, del viaje que iba a hacer uno de ellos.

De repente uno se levantó y fue baño. Un segundo después, el que había quedado metió la mano en un pequeño bolso que había apoyado en el respaldo de su silla y sacó un pequeño paquete alargado, envuelto en papel de regalo.

Lo dejó delante del plato de su acompañante.

Cuando éste llegó, preguntó extrañado qué era ese paquete.

–Ábrelo.

El chico lo abrió y encontró una preciosa estilográfica azul. Le miró y sonrió.

–Es para que me escribas –continuó.

Fue hace muchos años, digo. Durante unos minutos estuvieron sentados, mirándose a los ojos, en silencio, con una de las miradas más sinceras y bonitas que he visto nunca.

(*) Imagen del post. Van Gogh: La terraza del café por la noche (1888)

Amigos y palacios de invierno

Querido verdiano:

No te preocupes porque las golondrinas se hayan marchado y se hayan llevado con ellas el verano. Nos quedan los gorriones. Fíjate bien en ellos: son pequeños, casi siempre están sucios y parecen tan insignificantes que poca gente advierte su presencia. Pero su piar es uno de los mayores placeres que puedes encontrar por las calles de tu ciudad si, llegado el otoño, afinas el oído y abres tu corazón para encontrar pequeños tesoros.

Últimamente su hábitat se ha visto amenazado por otra serie de pájaros. Hace tiempo fueron las palomas (siento decir que no me caen nada bien). Hoy, al menos en Madrid, son las cotorras, que acampan a sus anchas en muchas zonas de la capital, obligando, con su verde descaro, a irse de los parques a sus primigenios moradores.

Si te paras a pensar, algunos amigos son como cierto tipo de aves migratorias: van y vienen con el buen tiempo (no me refiero sólo al atmosférico). Y, ciertamente, su alboroto en el cielo es precioso y alegra los corazones. No hay que molestarse si se van. Deben hacerlo. Tampoco hay que obligarlos a quedarse; la amistad verdadera no entiende de obligaciones ni de falta de libertad. Déjalos ir. Ya volverán con el buen tiempo, como las golondrinas, alegrando las mañanas y las tardes de verano. No les pidas nada y dales todo lo que puedas, lo que te salga del corazón. ¿Acaso no lo merecen? ¿Acaso no hay granujas adorables?

Hay otro tipo de pájaros, más sencillos, más humildes, que están ahí siempre. Parecen poca cosa, parecen descuidados. Pero nunca nos dejan solos. Son amigos nuestros todo el año; su piar, muy sencillo, aparece cuando afinamos el oído y estamos dispuestos a encontrar pequeños tesoros, que a la larga son los que nos acompañan toda la vida. Son amigos de verdad, quienes nos acompañan en nuestros cuarteles de invierno, quienes merecen vivir con nosotros todos nuestros veranos.

Te quiero mucho, verdiano. Te deseo que empieces bien este otoño.

Crédito de la imagen del post:
De JrPolTrabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=40108812

Vivir es ir saltando charcos (y, si se puede, con una sonrisa; creo, vamos)

Cuarenta y dos añazos cumplí ayer, 19 de agosto. Después de un año azaroso, llega un nuevo ciclo que, queridos míos, promete ser igual de movido. Pero, qué narices, vivir es ir saltando charcos, ¿no?

Después de algunas batallas libradas contra el General Invierno, doy gracias a este Verano, porque me ha traído buenas noticias y días maravillosos con mi mujer y mis hijas (es impagable oírlas cantar el cumpleaños feliz y oírlas decir te quiero).

Doy gracias de corazón a todos los que me habéis felicitado u os habéis acordado de mí ayer. Si bien es cierto que la vida es ir pisando charcos, con compañeros de viaje como vosotros es más fácil, y uno hace el camino sonriendo como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia.

Como no os puedo invitar a nada a través de esta pantalla, estoy sacando de mi bolsillo, en este preciso instante, ondas de buen rollo. Las pongo en la palma de la mano y las soplo.

Allá van para ti, para ti, para ti…

Os dejo dos vídeos. Uno es el del tema más conocido de Cantando bajo la lluvia. Para mí contiene una historia que quizá os cuente algún día. Otro es una de las mejores canciones de cumpleaños que he oído: Puertas abiertas, de Antonio Vega. Sí, sé que la mezcla es delirante…

Os quiero. No olvidéis ser felices.