Vivir es ir saltando charcos (y, si se puede, con una sonrisa; creo, vamos)

Cuarenta y dos añazos cumplí ayer, 19 de agosto. Después de un año azaroso, llega un nuevo ciclo que, queridos míos, promete ser igual de movido. Pero, qué narices, vivir es ir saltando charcos, ¿no?

Después de algunas batallas libradas contra el General Invierno, doy gracias a este Verano, porque me ha traído buenas noticias y días maravillosos con mi mujer y mis hijas (es impagable oírlas cantar el cumpleaños feliz y oírlas decir te quiero).

Doy gracias de corazón a todos los que me habéis felicitado u os habéis acordado de mí ayer. Si bien es cierto que la vida es ir pisando charcos, con compañeros de viaje como vosotros es más fácil, y uno hace el camino sonriendo como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia.

Como no os puedo invitar a nada a través de esta pantalla, estoy sacando de mi bolsillo, en este preciso instante, ondas de buen rollo. Las pongo en la palma de la mano y las soplo.

Allá van para ti, para ti, para ti…

Os dejo dos vídeos. Uno es el del tema más conocido de Cantando bajo la lluvia. Para mí contiene una historia que quizá os cuente algún día. Otro es una de las mejores canciones de cumpleaños que he oído: Puertas abiertas, de Antonio Vega. Sí, sé que la mezcla es delirante…

Os quiero. No olvidéis ser felices.

Diez años con Marta

Dentro de poco Marta y yo cumpliremos diez años juntos. Por pasar, el tiempo ha pasado a un ritmo vertiginoso. Por pasar, también, nos ha pasado de todo o casi de todo, bueno y malo, como en la trama de una novela.

Creo que una década es tiempo suficiente para hacer un balance serio. Creo que han sido los diez mejores años de mi vida. Y no sólo por los días de sol, sino también por cómo hemos afrontado los días de lluvia. Cuando miro a mis hijas, además, me doy cuenta de que ese periodo de diez años de ventura pueden alargarse otros diez y otros diez más.

En Rebajas de enero, Sabina dice que, “huyendo del frío”, encontró “a una morena bajita que no estaba mal”. “Apenas llegó”, dice en el estribillo, “se instaló para siempre en mi vida; no hay nada mejor que encontrar un amor a medida”.

Pues eso, que deseo que encontréis un amor a medida y que seáis felices.

Un abrazo.

Unas gafas especiales (I)

En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.

Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.

-Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?

-No.

-Venga, hija, ¿te las pruebas?

-No.

-Hija.

-No.

En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:

-Papá, quiero probarme las gafas.

Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.

Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.

Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?

De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: “Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo”.

Para ver el mundo“, había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.

Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.