Habrá que reinventar el verano

Ayer por la tarde lo comentábamos, sorprendidos, mi amigo Felipe y yo: por estas latitudes, los vencejos y los aviones ya se han marchado. Lo venía notando desde hace unos días (ya no escuchaba su alboroto al atardecer) y Felipe me lo ha corroborado: se han ido mucho más pronto que otros años.

Hemos comentado que, quizá, los cambios de temperatura de este verano (que han sido brutales) les hayan hecho creer que se ha adelantado el otoño. O, también, que esos mismos cambios en el mercurio han propiciado que buena parte de su sustento (son insectívoros) haya desaparecido y por eso han tenido que buscar lugares mejores para vivir.

Parece ser que no podemos hacer nada para que vuelvan, como tampoco, parece ser, podemos hacer nada para vivir un verano más amable. El verano y las circunstancias pasadas parecen inmutables. Y en cuanto al tiempo (no me refiero al atmosférico, sino al regido por el dios Crono) “es el que es”, como apostilla un conocido personaje de la serie El Ministerio del Tiempo.

Pero, ¿y si empezamos a rebelarnos y reinventamos este verano?

¿Cómo lo harías tú?

 

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Amigos y palacios de invierno

Querido verdiano:

No te preocupes porque las golondrinas se hayan marchado y se hayan llevado con ellas el verano. Nos quedan los gorriones. Fíjate bien en ellos: son pequeños, casi siempre están sucios y parecen tan insignificantes que poca gente advierte su presencia. Pero su piar es uno de los mayores placeres que puedes encontrar por las calles de tu ciudad si, llegado el otoño, afinas el oído y abres tu corazón para encontrar pequeños tesoros.

Últimamente su hábitat se ha visto amenazado por otra serie de pájaros. Hace tiempo fueron las palomas (siento decir que no me caen nada bien). Hoy, al menos en Madrid, son las cotorras, que acampan a sus anchas en muchas zonas de la capital, obligando, con su verde descaro, a irse de los parques a sus primigenios moradores.

Si te paras a pensar, algunos amigos son como cierto tipo de aves migratorias: van y vienen con el buen tiempo (no me refiero sólo al atmosférico). Y, ciertamente, su alboroto en el cielo es precioso y alegra los corazones. No hay que molestarse si se van. Deben hacerlo. Tampoco hay que obligarlos a quedarse; la amistad verdadera no entiende de obligaciones ni de falta de libertad. Déjalos ir. Ya volverán con el buen tiempo, como las golondrinas, alegrando las mañanas y las tardes de verano. No les pidas nada y dales todo lo que puedas, lo que te salga del corazón. ¿Acaso no lo merecen? ¿Acaso no hay granujas adorables?

Hay otro tipo de pájaros, más sencillos, más humildes, que están ahí siempre. Parecen poca cosa, parecen descuidados. Pero nunca nos dejan solos. Son amigos nuestros todo el año; su piar, muy sencillo, aparece cuando afinamos el oído y estamos dispuestos a encontrar pequeños tesoros, que a la larga son los que nos acompañan toda la vida. Son amigos de verdad, quienes nos acompañan en nuestros cuarteles de invierno, quienes merecen vivir con nosotros todos nuestros veranos.

Te quiero mucho, verdiano. Te deseo que empieces bien este otoño.

Crédito de la imagen del post:
De JrPolTrabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=40108812

Como las personas

Esta tarde contaba a mis hijas, en plan abuelo cebolleta, por qué me gustan los gatos.

Les decía que todo empezó hace mucho tiempo, cuando yo tenía cinco o seis años. Mi madre tenía una amiga, una señora encantadora con mucho corazón y poca suerte, a quien veía de vez en cuando para hablar del pasado y hacerle compañía. Aquella mujer, a quien todo el mundo había dado la espalda, vivía con, nada más y nada menos, once gatos.

–¿De verdad, papá? ¡Once gatos!

–Sí, hijas: once gatos.

La mayoría eran recogidos de la calle y estaban asilvestrados. Y, mientras mi madre y su amiga hablaban de sus asuntos, yo me ponía a jugar con ellos sin saber del verdadero peligro acarreaba.

De forma natural me fui dando cuenta de ciertas prevenciones, como que puedes jugar y jugar con ellos, pero siempre sin acercar la cara, por si acaso. O, también, que si quieres que un gato confíe en ti en un primer contacto, debes enseñarle las manos abiertas, y dejarle que te las huela. Debes demostrarle así que no quieres hacerle daño. Mucho tiempo después, leí algo que yo también había comprobado: que cuando se acercan hacia ti con el rabo erguido es como si te dijeran hola.

Me di cuenta también de grandes secretos gatunos:

  • Cada gato tiene su gatonalidad, increíblemente parecida a la personalidad de los humanos. No hay dos gatos iguales.
  • Los gatos no son desagradecidos ni desagradables. Simplemente, son como las personas. ¿No me crees? Probablemente, si un extraño se acercara a ti por la calle y te quisiera sobar la cara y acariciarte el pelo, tú también le arañarías. ¿Y cuántas veces has puesto mala cara cuando tienes un mal día y no quieres hablar?
  • Los gatos son muy nobles. Prueba irrefutable: antes de arañarte de verdad suelen avisarte (con un bufido, o poniendo sus garras abiertas sobre tu mano, pero sin querer hacerte daño). Es como si estuvieran diciendo: “No te estás dando cuenta, pero ahora no quiero jugar contigo y me estoy enfadando”. A veces, cuando están tumbados y se están empezando a enfadar, mueven la cola y dan golpecitos con ella en el suelo.
  • Los gatos captan tu estado de ánimo. Y experimentan amor, dolor, alegría y celos, por ejemplo. Como nosotros.
  • Es cierto que tú no eliges a un gato: él te elige a ti. Y si te pasa esto eres un tipo con suerte, porque tendrás a un amigo que te querrá hasta el fin de sus días.
  • Si quieres hacerte amigo de un gato no tienes que ser pesado. Pasa igual que cuando quieres hacerte amigo del vecino del quinto o del panadero, por ejemplo. Los plastas nunca son bien recibidos, ni por gatos ni por panaderos. Si quieres ligarte a alguien también te vale esta regla.

Dios mío, ¡qué parecidos somos los humanos y los gatos!