Había alguien más en Stamford Bridge

Como ya sabéis, el pasado 30 de abril, Chelsea y Atlético de Madrid jugaron en Stamford Bridge el partido de vuelta de las semifinales de la Champios League. En la segunda parte, con empate a uno en el marcador, el Atleti se disponía a tirar un penalty a favor que le pondría por delante en la eliminatoria y le allanaría, mucho más, el camino a la final.

El encargado de tirar la pena máxima era Diego Costa. Había fallado algunos penalties recientemente y por esa razón los seguidores estábamos nerviosos. Entonces ocurrió algo: nos dimos cuenta de que había alguien más en el campo.

Ese alguien había fallecido pocos meses atrás: Luis Aragonés. La afición atlética en Stamford Bridge empezó a corear su nombre antes del lanzamiento del penalty, podéis escucharlo en los primeros segundos de vídeo.

Luego pasó esto:

 

Esa bandera tan familiar

Esa bandera tan familiarHabíamos ido a ver las Cuevas de Altamira. Al llegar nos encontramos con una cola inmensa, así que nos pusimos a pacientemente a esperar. Con Mónica, mi hija mayor (7 años), jugué varias veces al Piedra, papel o tijera. También a un juego llamado Yo tengo una muñeca con el que mi hija se parte porque (como no podía ser de otra manera) empiezo a hacer el tonto cuando no me corresponde.

Al cabo de media hora, irremediablemente, se nos estaban acabando los juegos.

¡Mayday! ¡Mayday!

Miré a la derecha y allí estaba mi salvación momentánea: unas altísimas, magníficas e imponentes banderas.

En este momento tenía de la mano a mi hija pequeña, María (3 años). Le pregunté:

–María, ¿cuál es esa?

Mi hija pequeña respondió rápido:

–Ee:hpanya (traduzco: España).

–¿Y esa otra azul con estrellitas?

María no sabía.

–Hija, es la de la Unión… Sí, María, venga: es la de la Unión Euro… Venga, te doy una pista más: Unión Europe… Es la de la Unión Europea. ¿Te gusta, hija?

–Sí, Unió Eopea (traduzco: Sí, Unión Europea).

Al lado estaba la de Cantabria. Evidentemente, mi hija no sabía cuál era, pero por seguir el juego le pregunté cuál era. Ante mi asombro, a María se le iluminó la cara, se le pusieron los ojos como platos, dibujó una sonrisa pilla, como si me pensara “ésta la sé” y me dijo (lo juro):

–¡¡¡Papá, la del Atleti!!!

Nos reímos todos y le di unos cuantos achuchones y mimos extra porque, señoras y señores, mis hijas son orgullosas seguidoras del Atlético de Madrid.

Pocos días después estuvimos en Bilbao, visitando a unos amigos. Mis hijas quedaron alucinadas con los centenares de banderas del Athletic Club de Bilbao (rojiblancas) que había por los balcones.

–Papá –me decía María–, ¡¡¡la bandera del Atleti!!

Le expliqué que no era exactamente nuestro Atleti, sino el de un equipo hermano mayor, del cual nació nuestro equipo hace muchos, muchos años. Como mi hija parecía no comprender, al final le dije que sí, que era la de nuestro Atleti y se quedó tan feliz.

Es maravilloso como algo tan trivial cómo el fútbol puede hacer aflorar sentimientos, tornar a los hombres en niños y unir a las personas. Por eso me gusta. Os dejo un vídeo que descubrí gracias al periodista Antonio Sánchez de la Fuente, en su fantástico blog, La elástica. Sobre el fútbol y otros cuentos. El vídeo en cuestión es muy especial: cómo dan las gracias unos niños del Congo al Athletic Club de Bilbao por haberles enviado equipaciones deportivas.

Por cierto, hace escasos días, el Atlético de Madrid ganaba la Supercopa de Europa. Estuve en Neptuno y en la Puerta del Sol viendo cómo el equipo ofrecía el título conquistado a la afición colchonera. En Facebook dije que que ver al equipo con la Copa ganada era fantástico; estar acompañado por tus hijas, colchoneras, lo era mucho más. Pero es que, además, mi mujer, madridista ella, nos quiso acompañar, quiso estar con nosotros. Y ese detalle fue maravilloso.

Este episodio me recuerda uno que me pasó con mi padre, hace muchos años y que cuento en este relato, Mi padre y Dirceu.

Os quiero. Sed felices.

Ah, Mi padre y Dirceu es un relato incluido en el volumen El ángel de Sao Paulo y otros relatos sobre fútbol.

Juan Carlos Arteche

La última vez que le vi fue hace año y medio. Estábamos en el hospital. Mi mujer acababa de dar a luz a nuestra segunda hija, María, y yo había bajado a la cafetería para almorzar. Entonces le vi. Era Arteche. Allí estaba, alto e imponente, pero muy cercano, con la mirada franca que tiene la buena gente. Iba del brazo de su mujer quien, me pareció, tenía semblante preocupado.

Un rato después, cuando subí a la habitación para estar de nuevo con mi mujer y con la pequeña, le dije a Marta que había visto a uno de mis ídolos de la niñez, Arteche, el aguerrido defensa central. También le dije a Marta que había estado a punto, a punto, de levantarme y saludarle (me había dado tanto y tanto me había hecho soñar), pero que, en el último momento, me dio vergüenza y desistí. Quería haberle dicho que yo estuve en un partido histórico, en un Atlético-Betis de mediados de los ochenta, en el que el Atleti iba perdiendo 0-2 y que, gracias a un cabezazo suyo, ganaron 3-2. La fatalidad quiso que Arteche, después de rematar en salto, cayera mal y se lesionara la rodilla. La grandeza de este deporte quiso que se lo llevaran en camilla mientras todo el estadio (absolutamente todo el estadio), en pie, corease su nombre. Yo entre ellos. Después vino Gil y un despido improcedente. Y Arteche quedó fuera del fútbol,  pero no de la retina de los aficionados ni, mucho menos, de sus corazones. Volví a verle un año después en un bar del Parque de la Arganzuela, con un refresco en la mano. Parecía tranquilo. Había salido a la puerta del establecimiento para disfrutar del sol de la mañana. Ayer, Juan Carlos Arteche murió de cáncer a los 53 años. Cuando le vi en el hospital, precisamente, estaba empezando a tratarse un cáncer que año y medio después se lo llevaría a la tumba. Me quedo con su imagen de entonces: posiblemente aquél sería un día difícil para él y para los suyos, pero él estaba erguido, mirando hacia adelante, concentrado, consciente de que hay que luchar, de que los partidos hay que jugarlos hasta el minuto 91 y que siempre hay esperanza. Personas como él son un ejemplo en el deporte y en la vida, héroes necesarios, como decía Bretch, que luchan todos los días. ¿Quieres ver cómo jugaba?