Pío Baroja, el San Isidro y El árbol de la ciencia

Pío Baroja estudió en el Instituto San Isidro y hace referencia al centro en El árbol de la ciencia. Yo fui alumno de ese instituto (en la década de los 80) y aún siento la emoción que tuve al leer, allí mismo, las páginas que Pío había escrito sobre ese lugar en 1911.

El árbol de la ciencia es, sin duda, una de las mejores novelas de Baroja. Creo que todos los estudiantes de nuestra generación empezamos a amarle desde que nos zambullimos en sus historias, una extraña mezcla de novelas de aventuras, folletines y retratos introspectivos, ubicadas muchas veces en ese mismo Madrid que nosotros recorríamos, setenta años después. Más de medio siglo había pasado pero el alma de la ciudad seguía siendo la misma.

Lejos de diluirse, mi admiración por Baroja se ha acrecentado con los años. ¿Cómo sería él hoy? ¿Un Pérez-Reverte? Quizá sí, por la acidez e ironía de sus comentarios. Pero quizá no. La narrativa de Baroja deja entrever, además de cierta amargura, un poso de cariño por los seres humanos (en especial por los más desvalidos) que otros escritores de hoy, pese a su indudable maestría, no saben o no pueden transmitir.

Más arriba me he referido a Pío Baroja como Pío y no don Pío (como se le suele llamar). A los escritores que nos han tocado el corazón se les debe llamar por su nombre de pila, igual que hacemos con los amigos o con las personas por quienes sentimos un afecto incondicional.

Pío Baroja es uno de mis referentes literarios y el San Isidro es uno de mis lugares en el mundo.

Foto de la entrada: Claustro del I.N.B. San Isidro. Imagen tomada por mí, disponible aquí.

Escribir como un explorador

Tras comprender y asumir que (parafraseando a Fernando Poblet) nunca seré Baudelaire, desde hace meses escribo en cuadernos. Lo hago sin pretensiones, con las tripas y sin vergüenza, olvidando todos los recursos literarios que aprendí en los años de facultad y doctorado. Lo hago como el explorador que, perdido en la selva, anota impresiones en su cuaderno de campo sabedor de que finalmente éstas no servirán para nada.

Tengo un cuaderno de poemas (un maravilloso moleskine que me regaló mi hermana Carmen). Tengo también un cuaderno privado para cada una de mis hijas. Tengo un cuaderno para caligrafías.

El último que he empezado es uno de recuerdos o, mejor dicho, flashes placenteros, que vienen a mi cabeza de vez en cuando y que he comprendido que no debo olvidar.

¿Temo quedarme sin memoria?

No. Lo que temo es quedarme sin emociones cuando reviva esos momentos. Temo olvidarme de eso que es tener 20 años o que una mañana, cualquier mañana, sea la primera mañana.

Afuera, en la selva, cantan grillos y pájaros nocturnos. Mientras, dentro de mi tienda de campaña, con el candil encendido, a miles kilómetros de la metrópoli, escribo. Escribo.

La imagen del post es del Capitán Scott en uno de sus viajes. Es de Masons News Service y la he tomado prestada de The Telegraph.

Eso no te lo quita nadie

En una tarde de primavera de hace algún tiempo, delante de un café, Antonio Gómez Rufo me dijo algo importante. Era algo que yo venía barruntando y que, una vez escuchado, una vez hecho más tangible, cambió mi concepción del trabajo, de la Literatura, de la docencia y de la Vida misma. Antonio me dijo:

El éxito no existe. Es algo que te dan y te quitan los demás. No depende de ti. Lo que sí existe es la conciencia de haber hecho bien tu trabajo, de cumplir contigo mismo, de disfrutar con cada pequeña cosa que hagas. Eso no te lo quita nadie”.