Señor, la que me espera

Conversación con mis dos hijas, esta noche, antes de su baño.

Mónica (8 años): Papá, ya verás, algún día me voy a ir de casa (me dice enfadada)

Yo (restando importancia y pensando en su futura adolescencia): Pues pronto empiezas, hija

María (4 años): Moni, si te vas de casa, ya no podrás cenar pizza los viernes, ¿eh?

Mónica: Me da igual, os vais a enterar. ¡Me voy a ir de casa!

Yo (con mohín de desdén): Y adónde irás, hija…

Mónica: Pues aquí al lado, que vive Óliver… [Óliver es un compañero del colegio]

Yo: Ah, claro.

María (levantando los brazos): Moni, entonces, si te vas de casa, ¡seré hija única! ¡Yupi! ¡Seré hija única!

Bichito

–Papá, yo no soy pequeña –me dijo mi hija María, de cuatro años.

Generalmente, cuando hablo de o con mis hijas, en familia, a María la llamo Pequeña o me refiero a ella como la pequeña. Por ejemplo: “Marta, llevo yo a la mayor y tú lleva a la pequeña”. No sé, quizá sea lo más fácil.

–Papá, yo no soy pequeña –me repitió María con el ceño fruncido.

Los nombres son muy importantes. En mi caso, sé qué tipo de amigos tengo según cómo me llamen, qué fórmula utilizan de mi nombre. Es una frikada, pero esto responde a una ley no escrita con unos mecanismos ultrasecretos que yo sólo sé. Sí, los nombres son muy importantes. Por eso, cuando mi hija pequeña me pidió que la dejara de llamar pequeña, supe al instante que el asunto iba en serio.

–¿Pues cómo quieres que te llame, hija? Mira, yo te llamo también así: hija, Mery, cucú, bicho, bichito…

–Yo soy tu bichito.

–Pues eso, te llamaré bichito.