Estación de tren

Yo era uno de esos solitarios que, de vez en cuando, iba a la estación de tren. A menudo llevaba un libro, me sentaba en un banco y me ponía a leer. Cada poco levantaba la vista para observar el trasiego de personas, el ir y venir, las despedidas, los reencuentros.

Así, me di cuenta de que las personas mayores relativizan los adioses y las más jóvenes, por el contrario, les conceden una importancia que no tienen. En la estación me di cuenta de que, con una maleta en la mano y a punto de iniciar un viaje, las personas se muestran tal como son, de que los niños son valientes frente a los viajes y frente a los cambios, y de que las cafeterías de los lugares de paso siempre tratan de forma distante a los clientes.

En la estación de tren me di cuenta de que la gente mira con desconfianza a los solitarios, aunque sólo roben miradas, aunque sólo lleven como arma un libro de bolsillo.

Hace mucho, mucho tiempo que no voy a una estación de tren.

Imagen del post: Estación del Norte. 1860. J. Laurent. Archivo Ruiz Vernacci. Encontrada en Imágenes antiguas de Madrid

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Dos caballeros

Fue hace muchos años. Por aquel entonces no existían los teléfonos móviles y yo era un joven que empezaba a salir a cenar con amigas y amigos.

Una de esas noches, en un restaurante, presencié una escena tan especial que aún la recuerdo. Un par de mesas más allá de la mía estaban sentados dos chicos que no llegaban a los treinta. Iban vestidos casual tirando sólo a moderno. Hablaban, al parecer, del viaje que iba a hacer uno de ellos.

De repente uno se levantó y fue baño. Un segundo después, el que había quedado metió la mano en un pequeño bolso que había apoyado en el respaldo de su silla y sacó un pequeño paquete alargado, envuelto en papel de regalo.

Lo dejó delante del plato de su acompañante.

Cuando éste llegó, preguntó extrañado qué era ese paquete.

–Ábrelo.

El chico lo abrió y encontró una preciosa estilográfica azul. Le miró y sonrió.

–Es para que me escribas –continuó.

Fue hace muchos años, digo. Durante unos minutos estuvieron sentados, mirándose a los ojos, en silencio, con una de las miradas más sinceras y bonitas que he visto nunca.

(*) Imagen del post. Van Gogh: La terraza del café por la noche (1888)

Unas gafas especiales (I)

En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.

Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.

-Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?

-No.

-Venga, hija, ¿te las pruebas?

-No.

-Hija.

-No.

En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:

-Papá, quiero probarme las gafas.

Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.

Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.

Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?

De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: “Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo”.

Para ver el mundo“, había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.

Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.