La luna sobre nosotros

Corría el año en que el Kaiser había muerto y también había fallecido nuestro padre. Aquella noche mi hermano y yo salimos al bosque para aclarar nuestras diferencias. Él llevaba una pistola y yo otra. Ambos las escondíamos y ambos sabíamos, también, que las íbamos a utilizar. La luna estaba grande, más de lo normal. Los grillos aún cantaban. Fuimos a un claro para vernos bien y tomamos distancia. No mediamos palabra cuando desenfundamos. Ni a él ni a mí nos temblaba el pulso. Antes de terminar de apuntar, mi hermano se encogió preso de dolor, soltó la pistola y se llevó las manos a las sienes. Me preguntó entre dientes:

–¿No lo sientes, Wilhem? ¿No lo sientes?

–¿El qué?

–El temblor, dios mío, el temblor. ¡Me va a estallar la cabeza!

Yo no sentía nada, pero me di cuenta de que los grillos habían callado.

De repente, sí, lo sentí: una fuerza, un temblor que me empujaba hacia abajo. Empezaba a destrozarme por dentro con una presión descomunal, como si dios me apretara con un puño. Mi hermano miró hacia arriba y yo también. La Luna se hacía cada vez más y más grande. Venía. Venía. Venía hacia nosotros. Lo supimos entonces: la Luna iba a chocar contra la Tierra. Yo también solté la pistola.

Todo empezó a temblar a nuestro alrededor y oímos un rugido tétrico.

Nos miramos y comprendimos qué estúpido puede ser todo.

El regalo inesperado de un paje real (un cuento antes de Reyes)

Mi preferido era Baltasar. Sin lugar a dudas. Me parecía el más simpático, el más diferente. Sin embargo, mis afectos empezaron a verse un poco alterados gracias a un suceso inesperado. Ocurrió la mañana de un 6 de enero, después de abrir los regalos que me habían dejado los Reyes Magos.

Yo creía que había abierto todos, pero, sin querer, me había dejado uno: era un paquete muy sencillo, con apariencia de libro, envuelto en papel de estraza y atado con un simple cordel de esparto. “Para Juan”, tenía escrito a mano. Mis padres me lo dieron y lo abrí. Era un estuche de plástico azul, con forma de libreta y con cremallera. Allí dentro había pinturas de colores, lapiceros, una goma de borrar, un sacapuntas de aluminio, una pequeña regla, un ángulo. Olía todo tan bien a madera y a nuevo. Estaba fascinado.

–¿Y este regalo? –pregunté a mis padres–. ¿Por qué está apartado? Parece distinto.

–Es distinto –me explicó mi madre con muchísima seguridad–  porque es el regalo de un paje real.

Un paje real. Te cagas. Era lógico que los Reyes Magos conocieran y quisieran a todos los niños. Pero que uno de sus pajes, repito, que uno de sus pajes también te conociera era lo más. Era, simplemente, alucinante.

–¿Y por qué me hace un regalo?

–¡Anda! –respondió mi madre–. Pues porque te quiere y le caes bien.

–¿Que me quiere? ¿Tú crees? –pregunté, sorprendido. Lo que me pasaba era increíble. Era como tener un amigo invisible, pero mucho más especial.

–Pues claro, hijo. A ver, ¿por qué no te va a querer un paje real? Venga, dame una razón. Dámela –razonó mi madre.

A ver, a ver… No podía creerlo. Yo era un niño muy tímido y muy introvertido, al que le costaba mucho hacer amistades. Pero, en realidad no había ninguna razón por la cual ese paje no quisiera quererme. ¡Tenía como amigo a un paje real!

Mi querido Paje Real siguió regalándome presentes especiales en los siguientes Días de Reyes. Sus regalos siempre estaban al final, escondidos, debajo de otros. Siempre eran los más sencillos, los en apariencia más humildes.

Los buenos de los Reyes Magos me renovaban cada año un Geyperman (mi muñeco preferido), motivo por el que les estaba muy agradecido. Pero el paje me traía regalos que eran un guiño. Generalmente tenían que ver con algo con lo que yo pudiera crear: el estuche, unas pinturas, un cuaderno chulo, un bolígrafo como los que utilizaban los mayores.

Qué ojo tenía el Paje Real. Cómo me conocía. Estaba seguro de que él y yo éramos muy-muy parecidos.

Debo mucho a mis queridos Reyes Magos y a mi querido Paje Real. Me mostraron los efectos de la magia y me enseñaron, de forma sencilla, que todos somos merecedores de amor y que todos podemos amar a alguien. También me enseñaron que alguien puede quererte sin pedir nada a cambio y que tú debes querer, también, de forma desinteresada. Me enseñaron que hay extrañas conexiones entre personas y que todo puede ser realidad.

Os deseo de todo corazón que os traigan muchas cosas los Reyes Magos y sus Pajes Reales. Os quiero mucho.

Por cierto, ¿sabes que existió un cuarto Rey Mago llamado Artabán?

Lo que hacen los pájaros

Mi hermana Carmen acaba de llamarme por teléfono para, entre otras cosas, contarme un pequeño cuento. Más o menos, es éste:

Un hombre muy sencillo va a un circo a pedir trabajo.

–Y, tú, ¿qué sabes hacer? –le pregunta el dueño del circo.

–Pues, mire, yo sé hacer lo que hacen los pájaros –contesta humilde nuestro hombre.

“¿Lo que hacen los pájaros? ¿Y para eso viene?”, se pregunta el dueño del circo. Qué osadía. Él ya tenía un payaso que cacareaba y un funambulista que silbaba como un jilguero. Lo que hacen los pájaros, qué tontería.

–Lo siento –le espetó–, no tengo trabajo para ti.

Resignado, nuestro hombre agradeció al dueño los minutos que le había dedicado. Luego miró al cielo, se dio la vuelta, abrió sus alas y se fue volando.

Gracias por contarme el cuento, Carmenchu.

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