Habrá que reinventar el verano

Ayer por la tarde lo comentábamos, sorprendidos, mi amigo Felipe y yo: por estas latitudes, los vencejos y los aviones ya se han marchado. Lo venía notando desde hace unos días (ya no escuchaba su alboroto al atardecer) y Felipe me lo ha corroborado: se han ido mucho más pronto que otros años.

Hemos comentado que, quizá, los cambios de temperatura de este verano (que han sido brutales) les hayan hecho creer que se ha adelantado el otoño. O, también, que esos mismos cambios en el mercurio han propiciado que buena parte de su sustento (son insectívoros) haya desaparecido y por eso han tenido que buscar lugares mejores para vivir.

Parece ser que no podemos hacer nada para que vuelvan, como tampoco, parece ser, podemos hacer nada para vivir un verano más amable. El verano y las circunstancias pasadas parecen inmutables. Y en cuanto al tiempo (no me refiero al atmosférico, sino al regido por el dios Crono) “es el que es”, como apostilla un conocido personaje de la serie El Ministerio del Tiempo.

Pero, ¿y si empezamos a rebelarnos y reinventamos este verano?

¿Cómo lo harías tú?

 

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Cuatro momentos de mi verano

Como buen futbolero, sé que los partidos hay que jugarlos hasta el último minuto. Quién sabe si el dios de las pequeñas cosas (parafraseando a Arundhati Roy) tiene reservado para nosotros, en el tiempo de descuento, un regate inverosímil o un gol de antología que podamos guardar en nuestra memoria.

Este verano ya se nos va, pero aún quedan por jugar los últimos minutos. Yo por lo menos lo voy a hacer. A mi manera. Recordando. Recordando pequeños episodios con los que, más adelante, puedo derrotar al General Invierno. He grabado unos cuantos vídeos, muy cortos, de apenas unos segundos.

¿Y para qué los enseñas?, me preguntaréis. Porque si os los dejo ver, el verano vive un poco más y no se acaba.

Aquí están los vídeos. Disculpad si la calidad es mala.

La foto del verano

Cada verano, entre todas las fotos que nos hacemos, elegimos una: es la foto del verano. Generalmente es la que mejor rollo transmite y en la que salimos los cuatro, María, Mónica, Marta y yo. También, generalmente, suele ser una auto-foto; es decir: yo tomo la cámara con una mano, extiendo mi gadgeto-brazo, enfoco por intuición y, click, ya está, una imagen para la posteridad.

Bueno, para la posteridad, para la posteridad, no sé. Lo que es seguro es que esa foto será, durante un año, el fondo de escritorio del ordenador del despacho de casa y del despacho de la Universidad. Así, en las tardes de invierno, cuando arrecie el frío o cuando las nubes no dejen ver el sol, esa foto nos recordará que el buen tiempo nos espera, como siempre, en un par de solsticios.

Esta noche, después de trabajar en un libro sobre comunicación que estoy escribiendo con María de Andrés, he escogido la foto del verano y ya está de papel tapiz. Es preciosa. Excepcionalmente no la he tomado yo, sino mi cuñada Tati. Las niñas, Marta y yo estamos en la playa de Oliva, sentados en la arena, cerca del mar. María, mi hija pequeña, está sobre las rodillas de Marta. Mónica, mi hija mayor, está apoyada sobre mi espalda y yo acerco mi cara a la de mi mujer.

General Invierno, aquí te estamos esperando. No te tenemos miedo. Ya sé que los días son más cortos, que no hace tan buen tiempo, que las golondrinas ya ensayan su adiós. Pero con esta foto, querido, somos, literalmente, invencibles.

PD: Naná, Tati, Diego, gracias por los momentos de sol y mar: los que disfrutamos nosotros y los que está disfrutando Moni.