Estación de tren

Yo era uno de esos solitarios que, de vez en cuando, iba a la estación de tren. A menudo llevaba un libro, me sentaba en un banco y me ponía a leer. Cada poco levantaba la vista para observar el trasiego de personas, el ir y venir, las despedidas, los reencuentros.

Así, me di cuenta de que las personas mayores relativizan los adioses y las más jóvenes, por el contrario, les conceden una importancia que no tienen. En la estación me di cuenta de que, con una maleta en la mano y a punto de iniciar un viaje, las personas se muestran tal como son, de que los niños son valientes frente a los viajes y frente a los cambios, y de que las cafeterías de los lugares de paso siempre tratan de forma distante a los clientes.

En la estación de tren me di cuenta de que la gente mira con desconfianza a los solitarios, aunque sólo roben miradas, aunque sólo lleven como arma un libro de bolsillo.

Hace mucho, mucho tiempo que no voy a una estación de tren.

Imagen del post: Estación del Norte. 1860. J. Laurent. Archivo Ruiz Vernacci. Encontrada en Imágenes antiguas de Madrid

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Reflexiones de un conductor tardío

Conducir un automóvil es como guiarse por la vida:

–Hay que avanzar a la velocidad adecuada. Cada uno tiene su propio ritmo y lo importante es llegar

–Te sientes realmente bien es cuando llevas a alguien y eres útil. Si ese alguien es un niño, ni te cuento

–A veces, lo más bonito del viaje es eso: el hecho de viajar, simplemente

–Cuando la conducción se complica por cualquier circunstancia, lo mejor es apagar la radio, sentir el silencio y escucharse a sí mismo

–Es fantástico hablar con tu pareja cuando está a tu lado. A veces basta tan sólo con sentirla al lado

–Hay mucho frustado suelto que se cree importante por llevar un volante entre las manos. Generalmente, son los que agobian a los conductores novatos

–Es de inteligentes ignorar las ofensas

–Es de inteligentes respetar

–Hay tipos nobles con paciencia infinita

–El exceso de confianza puede provocar accidentes

–Hay que mirar en todas las direcciones. Y a corto, medio y largo plazo

–Hay que ponerse en la piel de los demás para comprender ciertos comportamientos en la conducción

–Hay que ser indulgente con los conductores mayores

–Hay que parar cuando uno está cansado

–Es necesario prestar auxilio a quien lo necesite

–Hay que olvidar los problemas cuando tomas un volante si no quieres tener un susto provocado por un descuido o falta de atención

–Hay que saber cuáles son nuestras virtudes y nuestras limitaciones

–Los baches, las curvas pronunciadas y los caminos mal asfaltados son parte del camino. Estas circunstancias adversas son temporales. Y, frente a ellas, tienes dos opciones: o las pasas o las pasas

–Es maravilloso llegar al destino sabiendo que no has hecho ninguna jugarreta a nadie

    La danza de la lluvia

    Rafa, Guato y yo habíamos comprado pescaíto frito al otro lado del río, en Triana. Esa noche habíamos hablado de nuestro reenganche en la vida civil, de cómo nos estaban yendo los estudios, de cuáles eran nuestros sueños. Quizá fue entonces cuando empezamos a intuir que nuestra amistad se mantendría mucho tiempo: éramos tres jóvenes que no hablaban de sexo, sino de amor; que no discutían de trabajo, sino de sueños; que no opinaban sobre libros o películas sino sobre Arte.
    -Escuchadme, escuchadme -dijo Rafa-. A ver, Guato, ¿tú que sueño tienes?
    -Pues casarme con Marijose.
    -Vale. ¿Y, tú, John Peter? -me preguntó inmediatamente después.
    -Encontrar una chica que me quiera, casarme con ella y publicar una novela.
    -Bueno, ¿y tú, Rafa? -preguntamos Guato y yo.
    -¿Cómo que quiero yo? Ya lo sabéis, cojones: yo quiero ser un artista -respondió con su acento fino sevillano. Rafa pintaba como los ángeles con un talento innato.
    -Ahora, niños -dijo él- os voy a contar un secreto: los sueños se cumplirán si hacemos los tres la danza de la lluvia.
    Miramos hacia adelante: era una noche cálida de abril y teníamos el puente de Triana sólo para nosotros.
    -No jodas, Rafa.
    -Que sí, niños, que sí. Que tenemos que hacer la danza de la lluvia para que los dioses nos oigan.
    Al igual que niños, nos pusimos en fila y empezamos a danzar, acompasadamente, imitando los cánticos de los indios americanos. En nuestros oídos retumbaban los tambores sagrados y la luces de las farolas eran, en realidad, la hoguera que habíamos encendido antes, en el campamento, junto a los tipis. Éramos tres guerreros invocando al destino.
    Muchos años después, todos y cada uno de nuestros sueños se cumplieron con creces.